El triunfo

1 ya no recordaba el motivo de su odio. Llevaba toda una eternidad persiguiendo a 2 por el laberinto de cristales. Era esa una tarea muy cruel: cuando pensaba que ahora si lo tenía a su alcance se topaba con una engañosa pared de vidrio y tenía que soportar las carcajadas de 2 agigantadas por el eco. Cuando lo atrapara lo iba a hacer pedacitos, poco a poco, hasta matarlo. Y un buen día 1 hizo correr a 2 a una celda que no tenía escapatoria. 2 casi se sintió contento cuando vio que 1 metía la mano a la bolsa del pantalón, la sacaba y la daga implacable brotaba de su puño como una víbora. Para 1 fue diferente: comprendió que el perseguir a 2 había extirpado todos sus ideales y al matarlo su vida ya no tendría razón de ser. Avanzó y cuando sólo lo separaban de 2 unos cuantos centímetros fingió toparse con una pared de vidrio. Pateó y golpeó al aire, se injurió a sí mismo y soportó con una mueca terrible las burlas de 2. Pero 2 se fue poniendo pálido al comprender que había caído en una trampa, que una cortina de cristal formaba un cuadrángulo perfecto y que había quedado encerrado por cuatro paredes. Ese fue el triunfo de 1, quien se pasó todo el resto de la eternidad gozando de la angustia de su enemigo.

José Joaquín Blanco
No. 37, Julio-Agosto 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 564

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