Historiografía

Cuando por fin conseguí que despidieran al encargado del archivo histórico y éste quedó en mis manos, recogí desde luego las tres o cuatro llaves que andaban por allí en manos de todo mundo e hice colocar cerraduras a las verjas de los pasillos que conducían al precioso recinto. Cambié el horario e hice ver a los pocos visitantes que se presentaban sin protesta de madrugada que no eran bien recibidos y que como no había presupuesto para ayudantes yo no podría perder mi tiempo de investigador vigilando el uso que se diera a los documentos, logrando en breve tiempo mantenerme a salvo de competidores. Sin archivos ¿quién hace historia?

Por mi parte no tenía más que ponerme a leer día y noche, bajo llave, y a su tiempo lanzar al público y a los académicos mis grandes descubrimientos, como un simple y fatal resultado de la celosa y exclusiva posesión que yo tenía de las fuentes.

Pero como mi odiado antecesor, según pude averiguarlo después, había obtenido copia subterfugia del archivo, su libro publicado por rara coincidencia en igual fecha, era idéntico al mío.

Eugenio Trueba
No. 37, Julio-Agosto 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 542

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Auras

Dijeron los dioses:

—El hombre es un ser descuidado y mal agradecido. Entierra a sus semejantes —aún a los enemigos— y les guarda veneración y respeto. En cambio, deja abandonados los restos de los animales que le sirven y de los que ya no puede obtener provecho. Le daremos un ayudante. Ha de ser un animal limpio, manso, hermoso, diligente, avizor, que mantendrá sano el aire y libre el suelo de carroñas y despojos.

Así nacieron los zopilotes.

José Vizcaíno Pérez G. O.
No. 37, Julio-Agosto 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 569

Deuda de sangre

No era un cerdo llevado al matadero. Era él, Eugenio Vara. Temblaba.

—¿Cómo está mi padre? —balbuceó más que inquirió.

Pasaba de uno a otro corredor. A su lado se deslizaban las enfermeras, los médicos, los practicantes: sigilosos, secos.

—Por aquí, por favor.

Lo estremeció ese cálido “por favor” de su cicerone, una enfermera corpulenta, de pantorrillas como troncos de leña.

Pisaba suavemente, como en sueños.

Sala general. A derecha e izquierda camas. Emergiendo de ellas, pómulos, barbazas, bigotes encalabrinados, ojos atisbantes.

Llegó a una pequeña sala.

—A ver, siéntese. Quítese la camisa. Acá el brazo.

—¿Para qué?

—No tiene dinero. Donativo de sangre. A dar lo máximo. Está usted fuerte. Rebasa los sesenta kilos de peso.

—Mi padre…

—De algún modo tiene que pagar. Aquí nada es gratuito.

—Ya está mejor, ¿verdad?, se salva.

Sentíase desfallecer, desfallecer dulcemente.

—¿Más? —preguntó sorprendido—.

Pausa melancólica, de convaleciente. Le chupaban.

—¿Para qué tanta?

—¿Cómo para qué? Las medicinas.

—¿Tanto?

—¿Y el certificado de defunción?

No era un cerdo en el matadero, no. Era él, Eugenio Vara, a quien chupaban la sangre y desollaban el alma.

Edmundo Flores Cuevas
No. 37, Julio-Agosto 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 567

Aires oníricos

Habían pasado varios meses en aquella oficina. Horas que él hubiera querido prolongar para no verse interrumpido en la contemplación de la hermosa compañera. De antemano sabía las caras pretensiones de la dama, conformábase con verla extasiado y por las noches entregarse a sublimes sueños que le permitían alcanzar la mujer deseada.

Desvelada, quizá, se durmió ella en su asiento, boca arriba, apoyada la cabeza a la pared. Entonces, el hombre se puso de pie, tembloroso avanzó… estaba ya envuelto en el aliento de la profunda durmiente. ¡Era un príncipe azul!… Se inclinó aún más y sus labios se tocaron, suavemente… pero ella no abrió los ojos. Estaba dicho: nunca su callado amor se vería correspondido.

Despertó al fin.

Al manifestarse él que abandonaba el empleo, recibió por respuesta una helada indiferencia que lo entristeció. Antes de salir inquirió sobre lo que ella había soñado…

—Fue algo raro… —relato la bella— Andaba perdida en el desierto… Sin gota de agua… De pronto, un aire fresco, que ignoro de dónde llegó, refrescó mis labios y me conducía ligera… sin embargo, no podía hallar el rumbo exacto…

Partió rápido. Al no poderla besar nuevamente, tal vez nunca, debía al menos ayudarle a salir de aquel extravío. ¡Y corrió a soñar!

Raúl Linares
No. 37, Julio-Agosto 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 565