Aires oníricos

Habían pasado varios meses en aquella oficina. Horas que él hubiera querido prolongar para no verse interrumpido en la contemplación de la hermosa compañera. De antemano sabía las caras pretensiones de la dama, conformábase con verla extasiado y por las noches entregarse a sublimes sueños que le permitían alcanzar la mujer deseada.

Desvelada, quizá, se durmió ella en su asiento, boca arriba, apoyada la cabeza a la pared. Entonces, el hombre se puso de pie, tembloroso avanzó… estaba ya envuelto en el aliento de la profunda durmiente. ¡Era un príncipe azul!… Se inclinó aún más y sus labios se tocaron, suavemente… pero ella no abrió los ojos. Estaba dicho: nunca su callado amor se vería correspondido.

Despertó al fin.

Al manifestarse él que abandonaba el empleo, recibió por respuesta una helada indiferencia que lo entristeció. Antes de salir inquirió sobre lo que ella había soñado…

—Fue algo raro… —relato la bella— Andaba perdida en el desierto… Sin gota de agua… De pronto, un aire fresco, que ignoro de dónde llegó, refrescó mis labios y me conducía ligera… sin embargo, no podía hallar el rumbo exacto…

Partió rápido. Al no poderla besar nuevamente, tal vez nunca, debía al menos ayudarle a salir de aquel extravío. ¡Y corrió a soñar!

Raúl Linares
No. 37, Julio-Agosto 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 565

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