Sentencias del juez de los infiernos. II

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Contaba el maestro Lu-Chang:

Delante de Yen Wanzi, juez de los muertos, comparecieron el alma de una cortesana y el alma de una mujer que se creía virtuosa.

Yen Wanzi pronunció su fallo:

—Tú —le dijo al alma de la cortesana— vete a la Torre de las Delicias. Y tú —le dijo al alma de la mujer que se creía virtuosa— irás a la Torre de los Tormentos.

—Esto sí que está bueno —se encolerizó el alma de la mujer—. ¿Qué clase de juez eres? ¿A una ramera, que se pasó la vida vendiendo su cuerpo, la destinas a la Torre de las Delicias? ¿Y a mí, que nunca cometí pecado, me envías a la Torre de los Tormentos?

—Con tu lengua de víbora —le replicó el juez Yen Wanzi— sembraste la discordia en tu familia. Por tu culpa se anularon matrimonios, fenecieron amistades, gente que se ama se detestó. A causa de tus chismes muchos hombres se vieron obligados a rasurarse la cabeza y hacerse bonzos. Más te hubiera valido ser como esta cortesana, que jamás ocasionó mal a nadie. En la Torre de los Tormentos aprenderás a que es preferible hacer el bien que evitar el pecado.

Marco Denevi
No. 119-120, Julio-Diciembre 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 319

Los paraísos perdidos

Cuando me fui del siglo XX a buscar el paraíso utilicé el avión, el tren, una lancha de motor, un caballo doliente de mataduras, una rústica canoa y un machete para abrirme paso en la espesura, cortando ramas y algunas cabezas de ofidios en acecho. El día que llegué a una laguna donde las garzas devoraban peces dorados, también llegaron unos hombres desnudos que tensaron sus arcos y dispararon flechas rojas hacia lo alto de las arboledas: ese fue su saludo. Me llevaron a conocer su tribu, formada en su mayoría por mujeres que amaban indistintamente a los pocos hombres para conservarse embarazadas.

Esa tarde comimos la carne del caimán y bebimos los ácidos licores de frutas deslumbrantes. Con la luz del crepúsculo y el canto de reiterativo de los niños se inició una danza en la que todos los varones se desplazaban en círculos para ser elegidos por las mujeres impacientes. Antes de quedar sumido en la embriaguez, alcancé a mirar el inicio de aquel ceremonial de cópulas.

Con el llegar de cada noche, todos los participantes en el rito de la fecundación duermen y sueñan; las mujeres que no pudieron atrapar macho, para encontrar paz, se quedan mirando largamente la luz de las estrellas.

Por las edades de los niños que se asombran con ojos parecidos a los míos, puedo calcular el número de inviernos transcurridos en el país que un día abandoné para perderme en este infierno de torturante fecundidad.

Roberto Bañuelas
No. 119-120, Julio-Diciembre 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 307

Parejas

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Un hombre y una mujer se encuentran y se dan las manos, los cuerpos, las almas y bailan.

Uno es en el otro y comulgan.

Se desgarran, se arman, se devoran, se amurallan, se abandonan. Se pudren solos, desabitados y ya muertos se acompañan hasta que la muerte los separe.

Rafael Arenales
No. 119-120, Julio-Diciembre 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 303