Los paraísos perdidos

Cuando me fui del siglo XX a buscar el paraíso utilicé el avión, el tren, una lancha de motor, un caballo doliente de mataduras, una rústica canoa y un machete para abrirme paso en la espesura, cortando ramas y algunas cabezas de ofidios en acecho. El día que llegué a una laguna donde las garzas devoraban peces dorados, también llegaron unos hombres desnudos que tensaron sus arcos y dispararon flechas rojas hacia lo alto de las arboledas: ese fue su saludo. Me llevaron a conocer su tribu, formada en su mayoría por mujeres que amaban indistintamente a los pocos hombres para conservarse embarazadas.

Esa tarde comimos la carne del caimán y bebimos los ácidos licores de frutas deslumbrantes. Con la luz del crepúsculo y el canto de reiterativo de los niños se inició una danza en la que todos los varones se desplazaban en círculos para ser elegidos por las mujeres impacientes. Antes de quedar sumido en la embriaguez, alcancé a mirar el inicio de aquel ceremonial de cópulas.

Con el llegar de cada noche, todos los participantes en el rito de la fecundación duermen y sueñan; las mujeres que no pudieron atrapar macho, para encontrar paz, se quedan mirando largamente la luz de las estrellas.

Por las edades de los niños que se asombran con ojos parecidos a los míos, puedo calcular el número de inviernos transcurridos en el país que un día abandoné para perderme en este infierno de torturante fecundidad.

Roberto Bañuelas
No. 119-120, Julio-Diciembre 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 307

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