Dulce María González

Dulce María González

Dulce María González

Es una escritora mexicana. Es licenciada en Letras Españolas por la Universidad Autónoma de Nuevo León.

Fue coordinadora del Centro de Escritores de Nuevo León entre 2003 y 2005, vocal de literatura del Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León de 1995 a 1997, becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Nuevo León en 1999, del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en 1996 y del Centro de Escritores de Nuevo León de 1988 a1989. Ha sido maestra de literatura en la Escuela de Teatro de la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL, y en el área de Humanidades de la Universidad de Monterrey.

Es maestra de Apreciación de las Artes en la Facultad de Medicina de la UANL, y titular de la columna Literespacio en la sección de art del periódico El Norte. En febrero de 2002 recibió el Premio Nuevo León de Literatura por la novela Mercedes Luminosa, y en septiembre de 2003 el Premio a las Artes, reconocimiento que otorga la UANL a los artistas de Nuevo León por su trayectoria.

Obras

Gestus (crítica de teatro) en la Dirección de Publicaciones del Estado de Nuevo León, 1991.

Detrás de la máscara (cuento) en Editorial Premiá, Universidad Autónoma de Puebla y Universidad Autónoma de Zacatecas, 1993.

Donde habiten los dioses (prosas) en la Colección Abra-palabra, Alcaldía de Guadalupe, Nuevo León, 1994.

Crepúsculos de la ciudad (crónica) en Libros de la Mancuspia, 1996.

Ojos de Santa (poesía) Ed. Castillo, 1996.

Elogio del triángulo (narraciones) en la Colección Los Cincuenta, coedición del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y la Universidad Autónoma de Nuevo León, 1998.

Mercedes luminosa (novela) en la Dirección de Publicaciones del Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León, 2005.

Encuentro con Antonio (novela), Colección Árido Reino, Dirección de Publicaciones del Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León, 2006.

Los suaves ángulos (novela), Colección Contemporáneos, Editorial Jus en coedición con UANL[1].

 

Fastidio divino

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A las cuatro y media de la tarde bajó Dios a recostarse en la inmensidad del océano. Sumido en la eufonía de reflexiones inalcanzables, jugaba a provocar altísimas marejadas al golpeteo de su divina mano sobre las aguas.

Eran las cuatro cuarenta y cinco cuando, fastidiado de tanta quietud, concibió la idea de una tormenta gigantesca. Los mares se desbordaron entonces cayendo con estrépito en el abismo que se encuentra más allá de los límites del mundo: un lugar muy plano y muy liso formado por millones de mosaicos blancos.

En punto de las cinco, viendo el estado lamentable en que había dejado el Universo, tomó una enorme toalla y concluyó su baño.

Dulce María González
No. 119-120, Julio-Diciembre 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 357

Otro

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No soy yo. Pero sus conocidos me saludan en la calle.

Como en su misma mesa.

A la noche me acuesto en su cama.

Su mujer no le es infiel. Realmente somos iguales y yo mismo podría confundirme.

Ella tiene una forma extraña de gozar. Después se queda fría y duerme como un animalito.

A. F. Molina
No. 119-120, Julio-Diciembre 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 351

Ulises

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Sus días eran eclipses, sus noches: blancos. El insomnio fue siempre un puerto, el proyecto vital un barco. Sueño de los ojos que se sueñan divisando Itaca y los prodigios. Él nunca se percató de ese manto; sus ojos un día se curvaron como las olas en el horizonte sin fin y sin principio. Un día soñó que lo soñaron. Se levantó, entró a la Iliada y sigue recalando en los puertos fantasmas del presagio.

Jennie Ostrosky
No. 119-120, Julio-Diciembre 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 346