Sin palabras

Te confieso que ansiaba este momento; este delicioso momento en que puedo sentir lo tierno de tus ojos, recorrer con mi lengua tu barbilla, palpar la consistencia de tu cuello y los músculos duros de tu espalda, en que puedo lamerte orejas y mejillas y morder con avidez lo carnoso de tu boca, esa boca espléndida que hoy se rinde a mis antojos.

Cuántas noches sin sueño por esta ansia febril y de pronto la delicia de tenerte así: a mi disposición, en este hermoso acto de canibalismo, con tu carne vuelta hebra entre mis dientes, mientras reconozco que tu sabor supera todas mis fantasías.

Queta Navagómez
No. 119-120, Julio-Diciembre 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 405

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La cita

Nerviosa entré al lugar de nuestra cita donde él estaba esperando. Me recostó con suavidad, e hizo conmigo lo que quiso, sin que pudiera articular palabra, sólo cerré los ojos y no puse resistencia, pues como siempre, él era dueño de la situación.
Cuando al fin terminó se veía cansado, pero satisfecho. Sonriendo nos despedimos.

Tardaré seis meses para volver al dentista.

Lilia Narváez
No. 119-120, Julio-Diciembre 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 403

Honor declinado

 

El policía T. Tooliver, después de haber sobrevivido a innumerables batallas libradas contra asesinos, ladrones y tratantes de blancas, negras y amarillas, fue ascendido a detective.

Colgó en el armario el uniforme y, sin esperar a que su esposa le acompañara, corrió a comprar el mejor equipo de policía secreto: impermeable de gabardina; pipa y tabaco; libreta y bolígrafo; lámpara y magnetófono de bolsillo; maquillaje, toda clase de postizos y unas gafas oscuras para disimular su mirada penetrante.

Pero un año de vida nocturna, abriéndose paso entre la niebla, soportando lluvias y escarchas para conjugar con su presencia toda suerte de peligros en la calle y en los peores lupanares clandestinos; confundido por los suyos como delincuente en receso y por los contrarios como activo delator; lejos del hogar, entre gente que habla en clave; los alimentos a cualquier hora y el vicio adquirido de fumar la pipa hasta completar el turno que marca el reglamento, han dado su salud.

Decepcionado por no hacer atrapado ni siquiera al criminal de una de las muchas novelas policiacas que lee para matar las horas perdidas, ha solicitado su reincorporación al servicio, como policía uniformado, con la esperanza de exponer la vida ante amenazas menos abstractas, recuperar el gusto por las cosas simples y volver a dormir tiempo completo con su mujer.

Roberto Bañuelas
No. 119-120, Julio-Diciembre 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 393