Los senos de verdadero Sévres

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En casa del anticuario apareció la fina mujer, cuya cintura se cimbreaba en la luz.

—¿Qué desea? ¿Me trae algún abanico?

El anticuario al verla sin ningún paquete, creyó que era una de esas que se sacan de no se sabe dónde un abanico, un abanico viejo, que llena de lentejuelas la tienda cuando ellas lo abren.

Ella acercándose más al anticuario le dijo: “Le traigo unos senos de verdadero Sévres”
.
—Venga, pase —le dijo el anticuario pasándola al despachito donde compraba las joyas más importantes.

Ella entró con la determinación de la que va dispuesta a todo y allí sacó sus senos y los enseñó al anticuario.

—¿De Sévres? … ¿De Sévres? —decía el anticuario sin dejar de darles vueltas como a los jarrones a los que busca la marca.
—Sí, mire usted la señal
—y la mujer que tenía los más puros senos de Sévres, y que sabía dónde estaba el grabado frío como una cicatriz de la marca, le dijo: “Aquí está”.

El anticuario con su lupa se quedó asombrado de la autenticidad, y comenzó a contar como quien cuenta papeles de fumar los billetes que daba por ellos.

Y la mujer de los puros y verdaderos senos de Sévres salía de la tienda sin senos, lisa, como la que ha vendido la última joya que le quedaba de sus padres.

Ramón Gómez de la Serna
No. 31, Agosto 1968
Tomo V – Año V
Pág. 647

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