Jardín inverosímil

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Latomías; jardín cerrado; cavernas; vegetales de calabozos; delicado murmullo de la fuente de Venus; lianas. Era aquí, en estas canteras abandonadas, donde se encerraba a los prisioneros. El aire denso, pesado y húmedo, estaba espantosamente saturado del perfume del azahar. Hemos mordido unos limones poco maduros; se aplacaba de pronto el primer sabor, intolerablemente ácido; luego, sólo quedaba en la boca un perfume inverosímilmente delicado. Es un lugar de estupros, de asesinatos, de pasiones abominables; uno de esos jardines subterráneos de que nos hablan los cuentos árabes y donde Aladino busca frutas que son piedras preciosas; donde el primo del calender se encierra con su hermana y amante; donde la mujer del Rey de las Islas acude de noche junto al esclavo negro herido al que mantiene en vida con sus encantamientos.

André Gide
No. 31, Agosto 1968
Tomo V – Año V
Pág. 662

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El señor que tenía algo en el ojo

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Dos señores, correctamente vestidos de negro, se cruzan en la escena. Uno de ellos detiene al otro y cortésmente le ruega que tenga a bien soplarle el ojo. El señor detenido hincha los carrillos y sopla. Inútilmente. Sopla una y otra vez con distinta intensidad. Sin resultado. Toma una largavista y, como Napoleón en el campo de batalla, atentamente contempla el ojo afectado. Estira hasta el colmo el catalejo, para ver mejor, y de paso le pone el otro ojo en compota al señor. Inspección inútil: nada ve.

Entonces extrae un taladro de su bolsillo, saca de su órbita el ojo enfermo y lo observa en todos los sentidos. Ocurrencia feliz: ¡al fin encuentra!

Hace mutis por un momento, y entre bastidores se oye, entretanto, un ruido sordo, como el de un gran peso que cae en el suelo; luego le devuelve el ojo al señor. En ese momento, un coche cargado con una piedra enorme y tirado por cuatro robustos caballos pasa por el fondo del escenario.

El señor se aleja, dando muestras de alivio. Eso era lo que le molestaba.

Jules Jouy
No. 31, Agosto 1968
Tomo V – Año V
Pág. 657