Rancho de prisioneros

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Cuando daban de comer a los prisioneros recién traídos, fatigados, torpes y hambrientos, aquellos soldados de cuarenta años, ya sensibles a las comodidades del cuerpo, ya conscientes de las limitaciones del alma, se quedaban apoyados en el fusil, mudos, sin cambiar entre sí un guiño ni una mirada. Se entregaban al espectáculo: pensaban, pensaban…

Y veían comer, en silencio, el enemigo; fríos, absortos, como se mira comer a los animales del jardín zoológico: al mono y al elefante, al ciervo y al avestruz, al zorro, a la oca. Así con una sensibilidad renovada, virgínea, miraban comer al hombre –que nunca hasta entonces habían visto comer.

Alfonso Reyes
No. 32, Septiembre 1968
Tomo V – Año V
Pág. 736

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