Miedo

—La vibración de la luz, la impresión de un momento diabólico. ¡Pánico! Sí, esto es lo que el artista representaba en este cuadro con rápidas pinceladas el orador oficial seguía en su discurso rodeado de colores, artista y críticos, sobre todo críticos de arte.

—¡Pánico! Que sabrás de pintura —la voz provenía de la parte izquierda del salón; todos se dieron vuelta, pero ya no se veía ni escuchaba nada.

La sala estaba decorada en un exquisito gusto florentino; de las arcadas superiores pendían caireles del bajo renacimiento y más abajo aún, como una ofensa, el saco gastado y brilloso de Amadeo Polarín que permanecía sentado sobre los finos mármoles de la escalera; sus ojos trataban de romper los sobrios colores de la gente amontonada delante de su obra.

Los críticos más avezados no dejaban de elogiar la pintura de Amadeo Polarín, que seguía allí escondido y murmurando: —Son unos miopes.

Los “entendidos”: —Es el impresionismo de principio de siglo.

Un periodista: —Lástima que no está aquí el autor. ¡Miren ustedes las grietas de esas paredes, los chicos corriendo con ese miedo que nos llega a nosotros!

Un periodista de arte del diario Clarín agregó: —Es más espantoso que Guernica, por algo le dieron el primer premio.

—Fue el pintor de los últimos años que con más fidelidad interpretó el miedo en colores y formas impresionistas —dijo otro, casi gritando.

Abajo, Polarín hablaba en voz baja: —Qué torpes, ¿yo justamente interpretar el miedo? —elevándola a medida que sus nervios le aumentaban la rabia. Rabia que estalló de golpe y parándose en medio del salón: —¡Pero ustedes son ciegos! —y agarrándole la mano a un periodista prosiguió haciéndole señalar su cuadro —Ustedes, expertos en arte, que vieron grietas en las paredes, miedo en la gente, que no es más que el miedo de ustedes, pasaron inadvertidos los ojos de esta chica que está sobre la ventana. ¡Fíjese, fíjese en el celeste de estos ojos!

Nuria Pérez
No. 62, Diciembre 1973 – Enero 1974
Tomo X – Año X
Pág. 327

Blas Perozo Naveda

Blas Perozo Naveda

Blas Perozo Naveda.

Zulia, Venezuela, 1943. Poeta, narrador, ensayista, periodista y Profesor. Licenciado en letras egresado de la Universidad del Zulia, doctor de Estudios Ibéricos e Iberoamericanos (Université de La Sorbonne, Francia). Es columnista de opinión del diario Panorama, donde ha sido reportero especial. Pertenece a la Red Nacional de Escritores de Venezuela. Ha obtenido múltiples galardones, entre los que destacan el Premio Nacional de Poesía (1989); el Premio Municipal de Literatura, mención Poesía (1992); y el premio Regional de Literatura Jesús Enrique Lossada (1993)[1].

 Libros publicados: Caín (Universidad del Zulia, Facultad de Humanidades, 1969). Babilonia (Universidad del Zulia, Facultad de Humanidades y Educación, 1971). Maracaibo City(J & B Editores, 1983). Mala fama (Comisión Presidencial para el Bicentenario del Natalicio del General Rafael Urdaneta, 1988). Mala lengua (Universidad del Zulia, Editorial Universitaria, 1989). El río el rayo (Monte Avila Editores Latinoamericana, 1993)[2].

De las tres hacia atrás

Calle del Obispo. Tres de la tarde. Te llamas Rambó. Muy pronto habrás de morir acribillado. No tienes soledad. No tienes espera. Las luces de la escena están que titilan. Calle del Obispo llamada desde la colonia La Antigua. Plaza de Armas. 2 de la tarde. Te sigues llamando Rambó. Tienes soledad. Tienes espera. Estás muerto. En tu corazón, ese pequeño hueco por donde se te escapa la vida. No hay curiosos a pesar de la hora, todos en la ciudad duermen. Te llamabas. Hace un rato tu cuerpo se evapora. Hay luces sobre tu cadáver.

Despojado por los buitres. Rodeado. Te examinan. Te miran. Nadie grita. Nadie chista. Es la una. La hora más triste. Te recogen. A rastras llegas a la morgue. Te abren la panza, “laringitis”. Has muerto de laringitis. Las doce.

A las once llega tu viuda. Ella toda labiuda. “Es la viuda del vivo”. No la escuchas. Llora sobre el hueco de tu pecho. Sus lágrimas son de plomo. Son de agua sus lágrimas.

—¡Valentín! —dice cada lágrima de ella cuando cae en el hueco de tu pecho.

—¡Pókit! —suenan las lágrimas de ella al caer.

Son las diez. Te velan. “Cuatro cirios han de encenderse, cuatro cirios”.

Te cae la tierra. Palada de tierra que cae sobre tu rostro. El bigote negro. El pelo negro. La nariz perfilada. La última mirada a la amante. La pistola de plata. Todo cubierto por la tierra. Las nueve. Finito. Se acabó. Te acabaste.

Calle del Obispo. Tres de la tarde. Te vuelves a llamar Rambó.

Blas Perozo Naveda
No. 62, Diciembre 1973 – Enero 1974
Tomo X – Año X
Pág. 325

Absolución

A Barthélemy de Lesseps

Al tiempo: agresor de la libertad, cómplice de la muerte, enemigo jurado del amor. Al tiempo hijo de su pinche madre, decidí asesinarlo con un sueño bien afilado, que a la luz de la luna dejaba huir su plata en millones de brillantes fugaces.

Camino a su morada (yo cargaba en mi fardo, premeditación, alevosía y ventaja. ¿Quién sabe cuál sería el fallo de los jueces en la Historia? En realidad no me importaba la condena y el perdón…), como una astilla de las que refulgía mi daga, se me clavó entre los ojos una reflexión:

“En un segundo (célula, molécula: partícula) del tiempo, del odiado adversario, llegarían la libertad y el hombre nuevo”.

Entonces decidí absolverlo.

Ramos Blancas
No. 62, Diciembre 1973 – Enero 1974
Tomo X – Año X
Pág. 323