A Circe

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Para Edmundo Valadés
Y a la mamoria helénica de J. Ulises Torri.

¡Circe, mujer mitológica, cincuenta partes de verdad y sin cuenta de mentira! Has de recibir esta postrer carta algún día, así sea la última acción de mi existencia y para ello tenga que emprender otro viaje. Me has complicado la vida en estas fechas por mi fidelidad al espíritu de tus consejos. Primeramente al que se refería a la administración de Bienes Navales y Accesorios. Siguiendo tus instrucciones fundé una sucursal aquí en Itaca, desoyendo el secreto de la marinería tradicional de mis antepasados: “No debes unir tu nave con clavos de hierro, sino de cobre, ¡oh Julises!” Ya te habrás enterado por los periódicos de mi problema del tráfico ilegal de violetas por el paso del Triángulo de las Bermudas. Pero ¡pase!

Lo que sí, Circe, ¡bastarda fémina de escandalosa cabellera! no soporto, es: tu ancestral linaje, escamoteado en nuestra entrevista fatal, el cual demuestra —tus nietas me lo cantaron muy claro—que tú eres la fundadora de su consejo supremo y en realidad de su estirpe. ¡Ahora me explico lo de la Enlatadora Enterprise, lo de tu gusto por los acuarios y lo de tu aparente invalidez!: por algo nos recibes en tu oficina a nosotros —crédulos y mortales hombre de empresa— con ese cobertor que te cubre medio cuerpo.

¡¿De qué sirvió ir resuelto a no perderme, si de todos modos una sirena ya había enturbiado mi corazón con febriles cantos?!

Mario de Lille
No. 127, Enero – Junio 1994
Tomo XXIII – Año XXX
Pág. 53

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