Justicia divina

Lo expulsaron del cielo. Descendió a la tierra vertiginosamente, pues sus alas eran ya inútiles. Abatido, el Ángel intentó caminar por la calle, pero el cúmulo de plumas en su espalda se lo impedía. Horrorizado por esa pesadilla deseó el reposo, se tendió en la acera y cerró los ojos. Al dormir, una sonrisa bajó a sus labios. En sueños vio a Dios y así obtuvo de nuevo el paraíso.

Norberto Morales P.
No. 127, Enero – Junio 1994
Tomo XXIII – Año XXX
Pág. 66

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Permanencia voluntaria

A Reyna del Rocío Martínez Chan…

—¡Esa película ya la oí! —exclamó muy convencido el regordete marido a su mujer después de haber dado un trago a su helada cerveza de bote.

—¡Ay si tú, ya las has oído todas! —replicó la mujer con cierto tono de burla en su voz y luego rió felizmente de sus propias palabras. Ambos, marido y mujer, estaban sentados en la confortable sala de su casa disfrutando del descanso dominical ante un enorme televisor cromático, cuyo volumen de sonido estaba muy por arriba de lo normal, pero el matrimonio aquel ni se inmutaba.

—¡La oí en casa del compadre el día que fui a visitarlo! —insistió el hombre— si quieres hasta te la puedo contar…

—¡No, no me la cuentes! —protestó la mujer—. Mejor déjame oírla en la tele, es más divertido…

—Bueno, vamos a oírla, ya verás que te va a gustar —asintió el hombre echándose un puñado de cacahuates salados a la boca, que masticó con fruición. Ambos invidentes se arrellanaron en sus respectivos sillones, poniendo mucha atención a las voces de los actores que daban vida a la película que exhibían en la televisión…

Ricardo Fuentes Zapata
No. 127, Enero – Junio 1994
Tomo XXIII – Año XXX
Pág. 63

Dragones

La oscura noche hacía resaltar la luz de las llamas, el dragón se movía lanzando fuego a derecha e izquierda. Ella estaba asombrada y temerosa, aún cuando había escuchado hablar de los dragones, nunca se imaginó que fuesen tan terribles como el que ahora observaba. Por instinto se encogió de hombros y apretó sus manos con fuerza, como si así pudiera protegerse.

Cuando vio el dragón dirigirse hacia donde ella estaba, sintió una punzada en el corazón y mientras el miedo la invadía, el dragón se acercaba, sí, se acercaba y cada vez le parecía más gigantesco.

—¡Dios mío! ¿Qué hago? —pensó. Su corazón latía más rápido una y otra vez, más rápido y cuando miró que el dragón estaba exactamente frente a ella, no pudo más y gritó:

—¡Mamá! ¡Mamá!

—¿Qué te pasa? —preguntó extrañada la madre.

—¡Un dragooónnn…!

—No hijita, no es un dragón, es un señor que lanza fuego para vivir, pero no es un dragón.

Las palabras de su madre la tranquilizaron un poco, pero no del todo; todavía, cuando siguió de largo, vio cómo el dragón sacaba humo de su nariz y arrastraba su gran cola.

Víctor Jiménez Cruz
No. 127, Enero – Junio 1994
Tomo XXIII – Año XXX
Pág. 61