De los cuentos contados dos veces

Fue hacia 1842, a fines de la Guerra del Opio. El mandarín Wang Wu llevó al embajador inglés sir Thomas Russell a la cámara secreta, extendió su índice apergaminado hacia el potro de las torturas y dijo:

—Milord, la filosofía oriental es arte de paciencia. Esa cuchilla que pende del techo tiene un filo que puede partir el ala de una mosca: desciende cinco centímetros en cada oscilación y sólo está separada del cuerpo de ese miserable inocente medio metro; en ese tiempo deberá su señoría decidir sobre el cierre de las puertas marítimas de su país al contrabando de Yin Tzu-Zu.

Antes del tiempo señalado el embajador Russell —sudoroso y alterado— exclamó:

—¡Basta, que desaten a ese hombre!

—Milord, ese hombre jamás ha estado amarrado, contestó el mandarín Wang Wu con una eterna sonrisa de flor de loto.

Raymundo Ramos
No. 127, Enero – Junio 1994
Tomo XXIII – Año XXX
Pág. 67

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