Juego de espejos

Pénétrez le secret doré
Tout n´est qu`une flamme rapide
Que fleurit la rosa adorable
Et d´où monte un parfum exquis
Apollinaire. Les collines

A Susana,
La de mis navíos extraviados.

Mientras afuera llueve y más allá hay un horizonte desteñido en el ajedrez multiforme de los techos, te digo: “Te amo, María Luz Carmen”, y al decírtelo, evoco a la ráfaga de aire fresco que llega a las jardineras agitando en mi memoria tu recuerdo. Debes saber que aún perdura el tic-tac del viejo reloj que resuena monótono en el silencioso ámbito del cuarto: es el mismo pulso acompasado del tiempo que te hizo decirme aquella vez: “Ha llovido ahora muy temprano”, mientras deslizabas los dedos por la explanada desnuda de mi pecho y yo me hundía en el esmeralda del sin fin de tus pupilas, descubriendo que en ellas habitaba el más secreto reflejo de tus sueños. Afuera soplaba el viento como ahora y la lluvia imprevisible había puesto un matiz decaído y melancólico en el cristal de la ventana.

Sé que han sucedido muchos años, que el distanciamiento ha terminado de mudar el deseo en abandono; pero quizá, en algún lugar cualquiera, el ruido incesante de la lluvia te haga decir: “Ha llovido ahora muy temprano”, y recuerdes, que mientras afuera la tarde declinaba entre lejanas griterías y fragmentos de cristales rotos, tu y yo ardíamos extenuados y asidos de las manos, metiéndonos uno en otro en caudales de tropeles obsesivos y bogando por las llanuras etéreas a donde sólo los dioses se prolongan.

Observo el crepúsculo y toco nuestros rostros en esta vieja fotografía que tengo entre mis dedos, y sé que los días con su tránsito imperturbable terminarán pronto en desdibujarnos, y así quedar solo el contorno gris ya sin ningún recuerdo. Pero mañana, quizá, al despertarme y aún entredormido, busque el tibio aliento de tu boca como queriendo conjurar tu ausencia y anclar para siempre mi navío a la playa sosegada de tu cuerpo. María Luz Carmen, te amo, mientras afuera llueve y la tarde alza su vuelo de gaviota lastimada hacia el ocaso del cielo profundo de los hombres, y en la habitación contigua alguien recita en francés versos de Neruda. Sí, aún te amo, hasta más allá que la noche haya instalado su telón de sombras en el dintel del mundo y los niños cesen de jugar y afuera quede el parque en los más tristes abandonos, iluminado por la única y fláccida luz de un arbotante que noctámbula tirite sobre el nítido espejo de la lluvia. O tal vez mañana, al requerir a mi vera tu figura de náyade y me dé a inventar la exacta réplica de tu dorso grabado en los albos relieves de las sábanas, bese el vacío en la almohada, donde entonces tuviste reposado el blondo contorno de tu nuca.

Sí, ha llovido ahora muy temprano, y es el fatigado remanso de mi sangre el que revierte el instante aquí con el instante aquel, el que yace suspendido desde nuestra furtiva cita y al amparo íntimo de esta alcoba, a la hora cinco que pasó desapercibida cuando terminaste de vestirte y cepillar tu pelo revuelto, y otra vez retomaste ante la luna del espejo tu grata presencia de señora, que a hurtadillas descendió los peldaños de la escalera de la morada de aquel extraño y oculto personaje, que aún guarda en su pecho el monótono tic-tac de un tiempo viejo.

Juan Carlos Chimal
No. 127, Enero – Junio 1994
Tomo XXIII – Año XXX
Pág. 83

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Suicidio

Adelina se asomó a la calle desde la azotea y vio los autos circulando por la vena de cemento de la avenida principal. Se paró en la cornisa del edificio y caminó haciendo equilibrio con los brazos. El viento hacía ondular su vestido y lo ceñía contra su vientre abultado. Volvió a mirar hacia abajo y se dio cuenta de que una multitud la miraba expectante. Imaginó la angustia de sus rostros, sus respiraciones contenidas por el terror. Luego, saltó al vacío. En la caída todavía pudo ver los pisos del altísimo edificio pasando vertiginosamente. Después, se despedazó contra el pavimento. En ese momento estallaron los aplausos.

Fernando Ruiz Granados
No. 127, Enero – Junio 1994
Tomo XXIII – Año XXX
Pág. 82

Irma del Águila

Irma del Águila

Irma del Águila, limeña, estudió sociología en la Universidad Católica del Perú y obtuvo una maestría de NYU. Ha sido distinguida en varios concursos de relatos y es autora de la novela Moby Dick en Cabo Blanco (Lima, Estruendomudo, 2009), que reconstruye las incursiones de Hemingway en una caleta del norte peruano; trabaja en un proyecto de educación en Cusco[1].

Irma del Águila Peralta (Lima, 1966). 

En el 2005 ganó el II Concurso Internacional de Cuentos Lan.com y La Tercera de Chile. Su primera novela “El último capítulo” (BCR, 2001) quedó finalista del Premio de Novela Corta del BCR. Ha publicado además el libro de cuentos “Tía, saca el pie del embrague” (Ed. San Marcos, 2000). En el 1994 ocupó el 2do. lugar en el Concurso de Cuentos Magda Portal, con un jurado presidido por Julio Ramón Ribeyro.

Es socióloga egresada de la Universidad Católica, con una maestría en la Universidad de Nueva York, gracias a una beca Fulbright. En los 90 se desempeñó como observadora de derechos humanos en Haití por la Misión OEA-ONU. También ha sido observadora de la OEA en procesos electorales en ese país y en Colombia. Actualmente es directora académica del programa de “Pueblos Indígenas y Globalización” de la School for Internacional Training con sede en Cusco, dirigido a estudiantes de colleges de los Estados Unidos[2].

Naufragio

Vino una breve calma como preludiando el final y después las enormes marejadas, barrigas hinchadas a punto de reventar sus excesos, con una fuerza de no creer. Cual titanes llevados por sus bárbaros instintos. O la naturaleza enloquecida que brama sus penas en la mar.
Un terrible drenaje se abrió en círculo, atrajo al débil navío —ya ninguna resistencia serviría—, lo estrujó con furia y se lo tragó hasta las oscuras profundidades acuáticas.

Todo en un instante menor.

…Minutos después volvía el mundo en sí, la tina quedó vacía y desde el fondo el barquito encallado decía adiós.

Irma del Águila
No. 127, Enero – Junio 1994
Tomo XXIII – Año XXX
Pág. 75