Die Kleine Fabel

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Obras Completas (así lo llamaremos sin petulancia) era de esa suerte de eruditos que se abocan al estudio temporal pero apasionado de un autor, y desde entonces y por ese tiempo todo lo relacionado con el autor es casi la vida de él mismo.

Todo escritor importante tenía horror de morir, menos por la duda metafísica de si habría otra vida o no, que por la seguridad de que Obras Completas caería con pico y garra implacables sobre aquellos textos que él, por inexperiencia, vanidad o mero compromiso, publicó en los más amarillentos periódicos escolares o de provincia, o sobre los manuscritos que el creyó, sobrio o borracho, haber quemado, o no encontró. Obras Completas parecía ver todo desde el cielo universitario con mirada milimétrica: Primero situaba el lugar exacto del texto, luego se precipitaba sobre él, lo recogía con el pico, y lo llevaba hasta su escritorio henchido de papeles, algunos útiles.

A partir de ese momento OC (lo llamaremos así para ahorrar espacio) cambiaba la figura de buitre por la de hormiga. Con paciencia, equivalente en su oficio a la de Job, reunía textos, los disponía cronológicamente y procedía a su copia, fotocopia, anotación y memoria en el procesador de palabras. Desde la redacción de las primeras líneas en el cuaderno escolar y en la revistita de iniciación, hasta la última página escrita, casi siempre inconclusa, OC lograba descifrar a su modo, con lupa o sin ella, toda grafía o signo. Una vez recopilado y hecho todo eso, OC escribía un prólogo entusiasta y elemental —que él consideraba científico—, pies de página vagamente precisos y notas de un tenor como: Jorge Manrique, poeta español del siglo XV; Febo, sobrenombre de Apolo; tramontar, se aplica al sol en el ocaso.

Entonces OC se disfrazaba de sepulturero, y por obra y gracia de su trabajo, el autor importante quedaba sepultado bajo un increíble alud de artículos, notas, cuentos, ensayos, crónicas, que el cuidó de no recoger de guisa que críticos y ensayistas empezaron a fundamentar que la obra no, efectivamente no, no tenía la excelencia de la que tanto se había alardeado. Entonces, OC, sonriente, volvía a convertirse en buitre para buscar a un autor importante que estuviese a punto de morir.

Marco Antonio Campos
No. 127, Enero – Junio 1994
Tomo XXIII – Año XXX
Pág. 113

La pared

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Estoy amando una pared en blanco que no rechaza; sólo escucha. Estoy amando de ella lo que creo que hay en su interior; no lo que veo. La observó y mis ojos intentan abrazarla: es sólo una pared blanca, y yo la amo.

Estoy amando su textura lisa, sus recovecos. Y como pared, no me rechaza. Sólo allí, presente e imposible. No me atrevo a acercarme. ¿Me desilusionaría si la tocara?¿Si pudiera conocer su interior? Siempre aquí, imponente.

Recuerdos de mi pared cuando todavía respiraba; el tiempo en que existió como un ser. Me estremezco. Aquellos ojos miel, las manos volando y ese gran amor como pared: limpio y bello. Si amo. Pero no a ese trozo blanco; sólo lo que esconde. Atrás de ladrillo y concreto está él, con la misma expresión que tenía el día que coloqué el último ladrillo.

Yamilé Baena
No. 127, Enero – Junio 1994
Tomo XXIII – Año XXX
Pág. 110

La abuela

La abuela padecía una rareza: decía que al mirarse las manos su línea de la vida se extendía, por lo que viviría más y más, mientras que sus descendientes más jóvenes iríamos envejeciendo y muriendo. Un día decidí comprobarlo “No” gritó la abuela. “No” grité yo. Ese día ambos salimos para siempre de la casa. Ella al panteón y yo al tutelar.

Erika Pérez Nucio
No. 127, Enero – Junio 1994
Tomo XXIII – Año XXX
Pág. 107

Las niñas

Las niñas te contemplan, te observan sin pestañear. Te recorren sin preámbulos. Expresan que te desean, se deleitan con tu apostura, se maravillan con tu vitalidad.

Incontrolables ya, las niñas se vuelven lascivas, impúdicas, procaces, voluptuosas…

Tú, desconcentrado, te sonrojas; escondes la mirada.

Estoy descubierto… ¡Que vergüenza! Tanto callar que me gustabas, para que ahora griten los deseos las destrampadas niñas de mis ojos.

Queta Navagómez
No. 127, Enero – Junio 1994
Tomo XXIII – Año XXX
Pág. 103