La muchacha del it

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Tenía un modo de mirar como si hubiera vivido mucho tiempo en Pekín. Hablaba siempre de ciencias ocultas y de negras quiromancias; pero sus palabras se contradecían, goteando como jugo de frutas entre sus labios carnosos.

Era fea, no tenía una silueta digna de Vogue y usaba una esencia que me privaba de sentirle tal como era, pero estaba llena de atractivos indefinibles. Los ingleses llaman a eso el “it”de una persona.

No la quería. Me había acostumbrado a ella. Un día cualquiera me dejó por un señor con anteojos de carey.

En el verano los hallé sentados en una pérgola junto a la playa. Y sentí celos. Después la vi repetir las mismas actitudes que, hacía algunos meses, me habían parecido encantadoras. También debía estar diciéndole cosas que yo conocía.

La sensación de que era la misma para todos y la certeza de que perdía el tiempo —el otro iba a tardar más que yo en comprenderla— fueron las que me impulsaron a lanzarme al agua para nadar, nadar hasta agotarme.

Yo estoy seguro de que existen los celos puramente físicos.

Carlos Vatier
No. 51, Enero – Febrero 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 663

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Después de cinco años

El destino siempre le había deparado extrañas jugarretas. Los hados de confabulaban para tejer en derredor de ella, invisibles redes que ingeniosa y pícaramente, extendían con sabiduría ancestral en su difícil camino.

Cansada de culpar a diestra y siniestra: a las circunstancias que no le eran favorables; al nefasto medio ambiente; a las odiosas gentes que no la comprendían; a la fea casa en que vivía, en fin, enfadada hasta del inútil marido y de los hijos que tenía, decidió dormirse durante cinco años, para no despertar hasta que todo hubiera cambiado. Decidido esto, se fue a su habitación; la cerró con doble llave y se engalanó con su más hermoso camisón; rezó piadosamente sus oraciones de la noche, hasta quedarse profundamente dormida…

Transcurrieron cinco largos años, después de los cuales, llena de modorra, fue despertando poco a poco. Cuando pudo abrir los ojos, recordó la finalidad de tan prolongado sueño y embargada por la emoción, se levantó llena de ansiedad para verificar todos los cambios que deberían haber pasado. Pero cuál no sería su desilusión, al constatar que absolutamente todo seguía igual que antes.

Con los ojos convertidos en un mar de lágrimas, resignada y triste, se regresó a su recámara para arreglarse un poco. Cuando estuvo frente al espejo y se miró en él, se dio cuenta con sorpresa que no todo seguía igual; “algo” había cambiado: ahora era cinco años más vieja…

Juan José Ramyol
No. 51, Enero – Febrero 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 661

Fantasma sensible

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Un día, cuando se dirigía al excusado, Yuan Tche-yu fue protagonista de un hecho singular. A su lado surgió un fantasma gigantesco, de más de diez pies de altura, de tez negra y ojos inmensos, vestido con una casaca negra y cubierto con un bonete plano. Sin turbarse de modo alguno, Yuan Tche-yu conservó su sangre fría.

—La gente suele decir que los fantasmas son feos —dijo con la mayor indiferencia, dirigiendo una sonrisa a la aparición—. ¡Y tiene toda la razón!

El fantasma, avergonzado, se eclipsó.

Lieu Yi-king
No. 51, Enero – Febrero 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 655

El mujik y los pepinos

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Una vez un campesino fue a robar pepinos a una huerta. En cuanto se deslizó hasta el sembrado, pensó: “Si consigo llevarme un saco de pepinos, los venderé y con ese dinero compraré una gallina. La gallina pondrá huevos, incubará y sacará muchos pollitos. Criaré los pollitos, los venderé y compraré un lechoncito. Cuando crezca tendrá una buena cría. La venderé para comprar una yegua, que, a su vez, me dará potros. Los criaré y los venderé; después compraré una casa y pondré una huerta. Sembraré pepinos, pero no permitiré que me roben. Pondré unos guardas muy severos, para que vigilen. Y, de cuando en cuando, me daré una vueltecita y les gritaré: “Eh, amigos, vigilad con más atención”. Sin darse cuenta, el hombre dijo esas palabras, en voz alta.

Los guardas que vigilaban la huerta se abalanzaron sobre él, y le dieron una buena paliza.

León Tolstoi
No. 51, Enero – Febrero 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 652