El grito del ángel

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Tomó su mano nuevamente. Miró su rostro, su piel repentinamente antigua, disminuida. Dijo: Mujer. Y caminaron entre las ruinas hasta salir de la ciudad desecha.

No volverían a saber de su vida, del mundo destruido en la noche anterior. La noche poblada de resplandores y columnas de fuego. La noche última. El final.

Toda esa tarde el hombre había recorrido la ciudad, golpeando en cada uno de los refugios. Nadie, nada. Polvo, cenizas, humo. Nadie, nada.
Sólo quedaban ellos y sus nombres.

Dejaron atrás el horizonte, el aire contaminado, los recuerdos. Entraron en la noche y desde el pico más elevado de la cordillera, vieron cómo el mar ahogaba las costas con algo semejante a un grito, a una condena.

Y la luna seguía helándose; como una espada suspendida en ese abismo último, único
.
Sobrevivieron. Respiraron. Otra vez cubrieron sus cuerpos desnudos y llenos de dolor.

Llegaron al campo yermo y el hombre empezó a labrarlo con una rama desprendida de un árbol. Edificaron una choza de madera y de yerba. Como antes, se amaron. Como antes, el primer hijo lo llamaron Caín.

Salvador Barros Sierra
No. 98, Mayo – Junio 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 371

Teresa Gottlieb

Teresa Gottlieb

Teresa Gottlieb

Nací en marzo de 1950 en Santiago de Chile, cometiendo como Guille, el hermano de Mafalda, “nacimiento en área urbana”. Empecé a escribir a los nueve años y a los 14 me publicaron en el colegio una nouvelle llamada muy poco originalmente “Juventud”. Desde entonces he escrito cuentos, la mayoría inspirados de cerca o de lejos por Cortázar y su mirada de Escher que nos regala un mundo donde todo está patas arriba. Publiqué algunos, por aquí y por allá, y recién a los 35 empecé a tomar en serio la poesía, inspirada por los haikús que empezaba a leer y me fascinaban. También hasta los 35 pensé en ser una artista o no ser nada, siguiendo la convocatoria lejana de Jorge Manrique, que me invitaba a ser buena o ser famosa. Un día, en un café al aire libre en una ciudad extraña por muchos años, me di cuenta que era imposible, porque no tenía la inspiración ni la constancia. Desde entonces, y ya ha pasado mucho tiempo, escribo por escribir, a veces por catarsis y sobre todo con muchas ganas de ir compartiendo lo que veo. Por eso alegría de hoy de la bitácora con las ganas de siempre de algunos buenos cómplices. Espero sus comentarios, siempre[1].

Partida

Tenía su maleta ya al lado de la puerta, pero unos pasos antes, un segundo, no más, antes de ir a tomarla escuchó el viento afuera y pensó que más tarde.
El jueves de mañana se despertó temprano, pero apenas llegó hasta las escaleras sintió el aroma tibio de las medialunas frescas y no pudo partir.
Luego el viernes, quién sabe por qué magia o qué condena, Luisa enceró la entrada y Luis miró de lejos su maleta repleta contra el brillo prohibido.
El lunes granizó, fuerte y desde temprano. Luis miró hacia la calle y pesó que otra vez, que unos meses más tarde, que quizás otro día. Retrocedió a un rincón y pensó que era un signo. Y decidió quedarse.

Teresa Gottlieb
No. 98, Mayo – Junio 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 369

Versión anterior

En el principio fue el estallamiento grande, la reventazón de todo, el fuego terrible que se engrandeció hasta llenar el cielo y engendrar cuanto había que engendrar. Después pasaría lo demás. Y al final se romperán los siete sellos y será el Gran Día de la Cólera cuando ha de suceder lo que ha de suceder desde el alfa hasta el omega en festín de la Bestia y del falso profeta hasta que el ángel baje del cielo llevando en la mano la llave del Abismo y una gran cadena para dominar a la Serpiente antigua y encadenarla por mil años después de los cuales tendrá que ser soltada por poco tiempo en que usará de su astucia para burlar la vigilancia y llegar al edén y hablar a la mujer del fruto del árbol que está en medio del jardín.

Guillermo Farber
No. 98, Mayo – Junio 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 368