Dos prismáticos antitéticos

Con los prismáticos de Catalina, se veía mucho más allá de las montañas. En cambio con los de Graciela, apenas y se percibía el presente.
Por ende, Graciela, era necesariamente mucho más feliz que Catalina.

David Gutiérrez Fuentes
No. 98, Mayo – Junio 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 413

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Awakening

Viviana levantó la cortina de sus ojos y supo que la esperaba un día de clases. Llegó a la escuela después de un turbulento trayecto en calles incómodas, llena de recomendaciones familiares y señales de auto-stop. Sumida en el vértigo del ensimismamiento, esa mañana se sintió más enamorada que nunca de su profesora de gimnasia: la clase fue un orgasmo de cincuenta minutos. Las siguientes horas transcurrieron como una aburrida teleserie plagada de anuncios comerciales. Llegó a casa al mediodía y lo primero que hizo fue descalzarse mirando al espejo. Su cuarto mudamente seguía intacto, mamá había ido al dentista y la sirvienta estaba abajo, muy lejos, calentando la comida. Viviana se pintó los labios con el lápiz escarlata que su amiga Cynthia le había prestado esa mañana, besó a su muñeca preferida y bajó al comedor. Los platillos de ese día, humeando aún al centro de una mesa enorme, no parecían menos suculentos que la boca de la mujer que los colocaba cuidadosamente y con gran destreza en pequeñas plataformas acrílicas. Viviana la miró. Vio sus dedos delgados disponiendo los cubiertos sobre el mantel, el suave dorso de las manos, el reloj vulgar apretando a la muñeca. Al llegar al lunar del antebrazo desvió la mirada hacia ninguna parte. Se quedó así por varios minutos, quieta, como concentrada en su propia distracción, hasta que el ruido de los goznes de la puerta que da a la cocina la hizo despertar, sin sobresaltos. Todavía alcanzó a ver a Pola que desaparecía detrás, confundiéndose en las sombras. Sonrió después, despacio.

Enrique Héctor González
No. 98, Mayo – Junio 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 405

Pesadillas

Mis pesadillas nocturnas de niño, me persiguen.

Como entonces camino en sueños por aquel mismo sendero solitario y terregoso. Con las manos en los bolsillos, chiflo una tonada. El sol de mediodía juega pleno con mi rostro.

De pronto, escucho a mis espaldas aquel ruido de tropel ya conocido. Volteo. Miro la manada de toros desbocada, que envuelta en una nube de polvo, se dirige hacia mí. Busco a mi alrededor algún árbol, un algo, para protegerme. Sólo los débiles arbustos que incluso el aire menea. Emprendo la carrera tratando de ganar distancia.

Ya siento tras de mí el vaho caliente y espeso de las bestias. Mi corazón late desordenadamente, mis piernas amenazan con no sostenerme. El polvo del camino se mete en mis ojos y boca.

Despierto en medio de la noche, sudoroso, con el mismo grito desgarrador de siempre.

Mamá solía decir que “eso” era cosa de brujería
.
Ya he sido tratado por especialistas. Algunos sicoanalistas dicen: miedo infantil no superado. Delirio de persecución. Terror a las multitudes, etc.

Pero… yo pregunto: ¿qué es esa marca que aparece algunas mañanas, en mi espalda, perfectamente, delineada en forma de herradura…?

Magda Abigaíl
No. 98, Mayo – Junio 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 401