Las trampas

Sonaron las doce campanadas y el príncipe escapó por la ventana. Cenicienta se acercó al espejo y vio cómo su cutis perdía su tersura y daba paso a los primeros pelos; cómo su pecho volvía a quedar liso y sus caderas tornaban a su forma original. Antes de dormirse, bendijo muchas veces a su hada madrina.

Luis Arturo Ramos
No. 98, Mayo – Junio 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 434

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Iniciación

También a él le dolió el cuerpo al penetrarla. Aunque se desmoronaron sus contornos, ella se humedeció aceptando. Mientras el aire despejaba aquel vaho caliente y sus ojos se desempañaban, el hombre metió la mano en el orificio desmigajado sin tocar la herida y allí regó el puñado de semilla… Entonces arrimó las dos manos sobre el mango de la pala dejando caer su quijada para descansar.

Aura White
No. 98, Mayo – Junio 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 422

La búsqueda

Subió a revisar las dos recámaras y el baño. Se recostó por largo rato en la cama matrimonial. Contempló su imagen en el espejo manchado del tocador. Pasó los dedos sobre la persiana y abrió la puerta del closet empujando los vestidos hacia un lado. Con los ojos cerrados, esperó en una de las camas gemelas del otro cuarto, pero nada.

Sentada en el penúltimo peldaño de la escalera, trató de formar figuras con los mosaicos. Corrió las cortinas que daban a la ventana del pequeño patio, con sus mecates para tender y la maceta de espejitos junto al tinaco del vecino. Se lavó las manos en el baño. Jaló la palanca del excusado. Miró la tina blanca, con su cortina de plástico escurrida de jabón, y bajó a la sala.

A pesar de saber que era inútil seguir buscando, revisó los discos en la consola. Contó las copas en la vitrina del comedor y en la cocina encendió con un cerillo las parrillas de la estufa, sólo para apagarlas luego. Salió a la calle cerrando la puerta del garaje con doble llave, convencida de que no dejaba ni un recuerdo después de treinta años de vivir allí.

María Luisa Briseño
No. 98, Mayo – Junio 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 421

La magnífica hogaza

No es de extrañarse que tras el ululante paso de los bomberos frente al barrial proletario, la gente se precipitase tras las sirenas. Seguramente, ya se imaginaban la magnífica y cálida hogaza del edificio; que conste que no les guiaba ningún síntoma de piromanía, ni siquiera el simple morbo de la desgracia ajena: con los 5 grados bajo cero y sin una brizna de calor en las covachas, el pinche frío no estaba para menos.

Raymundo Andrade Peralta
No. 98, Mayo – Junio 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 418