Julio E. Miranda

Julio E. Miranda

Julio E. Miranda

(1945-1998)

Poeta, crítico literario, ensayista cubano. Julio E. Miranda, cubano de nacimiento, de madre española y padre cubano. Recorrió el mundo, exiliado desde principios de los sesenta, viviendo en Francia y Venezuela, Estados Unidos y España, Italia e Inglaterra. Crítico literario, brillante antologizador, motor de varias publicaciones, ensayista. Se movió siempre con enorme facilidad en la poesía, el cuento, la novela, el ensayo literario y la crítica cinematográfica. Poeta, con una docena de libros. Julio Miranda escribió de todo y todos, es decir, de muchos otros escritores, con una lucidez y una creativa punzante o asombrosa. Libros de poesía: Mi voz de veinte años (Granada, Veleta al Sur, 1966), El libro tonto (Madrid, El toro de Barro, 1968), Jaén, la nuit (Jaén, El Olivo, 1970), No se hagan ilusiones (Caracas, Edics.Bárbara, 1970), Tablero (Málaga, El Guadalhorce, 1972), Maquillando el cadáver de la revolución (Caracas, Fundarte, 1977), Parapoemas (Caracas, Monte Avila, 1978), El poeta invisible (Caracas, Fundarte, 1981), Vida del otro (Caracas, Con Textos, 1982), Anotaciones de otoño (Caracas, Mandorla, 1987), Rock urbano (Maracaibo, Dirección de Cultura, Universidad de Zulia, 1989), Así cualquiera puede ser poeta (Caracas, Pen Club de Venezuela, 1991), Máquina del tiempo (Mérida, Edics. Mucuglifo, 1997)[1].

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Mi hermano

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Mi hermano se ha tirado por el balcón. Mi hermano estaba loco. Mi hermano era un pájaro. Mi hermano era mi hermano.

Iba por un desierto cuando tropezó con mi padre. Mi padre le llamó cabrón. Mi padre le llamó imbécil. Mi hermano era el rey. Se paseaba por el desierto meditando en cómo ganar la batalla. Mi hermano recibió una bofetada de mi padre. El ejército se desbandó. El pueblo no supo qué hacer. Algunos se suicidaron. Mi hermano pudo calmarlos rápidamente… Mi hermano es el rey. Mi hermano es mi hermano.

Fue entonces que se lanzó al abismo. Mi hermano cayó sobre un pie de mi padre. No pudo alcanzar al enemigo. Mi padre le llamó idiota. Mi padre le llamó estúpido. Mi padre le llamó hijode. Castigó a mi hermano en el sofá. Desde el palacio mi hermano escrutó la llanura. El enemigo realizaba un astuto movimiento. Mi hermano quiso levantarse. El rey sabía que era necesario. Mi hermano corrió. Mi padre se quitó el cinturón. Mi hermano iba a cortarle el paso al enemigo, abajo, en la llanura. Mi hermano era el rey y era un pájaro. Mi hermano se acaba de tirar por el balcón.

Julio E. Miranda
No. 52, Abril 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 723

El ojo de vidrio

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Cierto personaje acaudalado, habiendo sido víctima de un trivial accidente de caza, quedó tuerto; se hizo entonces confeccionar un ojo de vidrio especial, un ojo admirable y perfecto, digno en absoluto de su fortuna.

El cristal más puro y el esmalte más fino se combinaron para obtener una pequeña obra de arte. En el agua verde de aquella pupila había destellos de oro, y el iris parecía tan profundo como dotado de vida.

El tuerto se contempló en el espejo, encontrándose tan satisfecho, que casi se enamoró de sí mismo. Quiso, empero, consultar a su mejor amigo.

—Bien  —le dijo, radiante—. ¿Qué te parece mi ojo de vidrio?

El amigo respondió, con cautela:

—Verdaderamente, no se podía hacer nada mejor.

—¿Es posible que no estés maravillado? ¡Si es la vida misma!… En cuanto a mí, estoy tan asombrado, que apenas distingo al falso del verdadero. Mira bien… Mira bien y dime si descubres cuál es el artificial.

—Es éste —repuso el amigo sin vacilar.

—¿Cómo lo has adivinado?

—Porque es el más hermoso.

—¡Bah! Procedes de mala fe. ¡Es porque lo sabías!… Pero hagamos una verdadera experiencia. Acompáñame a la calle.

Ambos amigos salieron, y el ricacho vio cerca de su puerta, contra el muro, a un pobre mendigo casi muerto de frío.

—Amigo, ¿quieres ganarte una corona?

—¿Una corona? —exclamó el infeliz—. ¡Ya lo creo! Hace dos días que no como, y bien que lo necesito.

Enarcando la ceja de su ojo único, el ricacho se plantó frente al árbitro, colocándole en la mano una moneda de plata.

—Mira… Examina a tu gusto. Yo soy tuerto. Dime cuál de mis ojos es el de vidrio.

El mendigo, sin dudarlo, tal cual el amigo, dijo:

—Es éste.

—¡Vaya si es sorprendente!… Y, ¿cómo lo has adivinado?

—Es muy sencillo, caballero —repuso el mendigo—. Es el único ojo en que he visto un poco de piedad.

Oscar Wilde
No. 52, Abril 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 720