Un marciano en el desierto

Soy un marciano perdido en el planeta tierra. Por deficiencias cartográficas vine a dar a este desierto tibio y resbaladizo sobre el que camino ahora. No sé dónde estoy y el cansancio me agobia. ¡Maldita la hora en que se arruinaron mis aditamentos de levitación! La temperatura está subiendo y un vapor denso me sofoca. He caminado tanto. El bochorno me da ganas de dormir y estoy a punto de hacerlo pero un terremoto me sobresalta. Solo son unos segundos; me tranquilizo; todo vuelve a la normalidad. Continúo caminando… He perdido la noción del tiempo… Tengo la sensación de haber caminado miles de años luz… y ni rastro de ningún terrícola. Empiezo a perder toda esperanza. Quizá la raza humana se ha extinguido y pienso que también el planeta está a punto de extinguirse, pues durante todo el trayecto ha habido temblores y ruidos extraños que vienen posiblemente del centro del planeta.

Ahora estoy sentado a la orilla de un cenote. Receloso me acerco para atisbar: es profundo, despide ciertas emanaciones cálidas, me infunden pavor, pienso retirarme cuando siento que el piso se mueve y el extraño pozo se abre y se cierra a tiempo que escucho que de su interior salen las palabras: “querido, aquí, junto a mis labios, tengo un insecto; mátalo pronto”. Y yo, que no sé que así les llamen a los marcianos acá en la tierra, me quedo esperando muy cerca del hoyanco, hasta que un salvaje golpe me hace comprender mi estupidez.

Pedro Crespo
No. 52, Abril 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 741

El extranjero

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—Di, a quién amas más, hombre enigmático, ¿a tu padre, a tu madre, a tu hermana o a tu hermano?

—No tengo ni padre, ni madre, ni hermana ni hermano.

—¿A tus amigos?

—Empleas una palabra cuyo sentido me ha sido desconocido hasta hoy.

—¿A tu patria?

—No sé bajo qué latitud está situada.

—¿A la belleza?

—La amaría gustoso, diosa e inmortal.

—¿Al oro?

—Le aborrezco como tú aborreces a Dios.

—Entonces ¿a quién amas, singular extranjero?

—Amo las nubes… las nubes que pasan… allá lejos… ¡las nubes maravillosas!

Charles Baudelaire
No. 52, Abril 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 737

La máquina suprema

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…que fabricó una máquina
capaz de construir otra
idéntica a sí misma.

Alberto Ducrocq

La máquina suprema —creada después de mucho tiempo, esfuerzo y dinero— construyó máquinas a su imagen y semejanza para que poblaran al mundo y ayudaran al hombre. Formaban la nueva especie y quizá la más perfecta de cuantas han existido sobre la Tierra: nada las igualaba en perfección, inteligencia y vigor. Una sola máquina podía desarrollar el trabajo físico e intelectual de varios cientos de personas. Así el hombre entró de lleno en el reino espiritual de las puras ideas, que por último desembocó en el ocio y en la inactividad. Las máquinas hacían todo, incluso escribían las obras que los hombres leían y pintaban los cuadros que admiraban en las galerías de arte. También crearon religiones y filosofías que los seres humanos seguían casi por inercia, sin intereses reales y concretos. El gobierno y la justicia estaban en manos de robots; robots construidos especialmente para gobernar y para ser justos. El hombre se dedicaba a vagar por su planeta lamentando la pérdida del paraíso. Sin embargo, cuando observó que las máquinas tampoco eran perfectas (una dirigente quiso perpetuarse en el poder y un autómata con problemas amorosos se suicidó volándose la tapa electrónica), decidió que había llegado el momento de liberarse, de acabar con la Máquina Suprema y con su obra y comenzar de nuevo pero ahora más inteligentemente.

René Avilés Fabila
No. 52, Abril 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 728

Hubo una vez un rey

El enemigo estaba en las puertas de tu fortaleza y yo te llevaba de un lugar a otro con la debilitada esperanza de salvarte. Las torres de tu alcázar se desmoronaban con el fragor de la caballería enemiga, en un rincón la reina herida agonizaba y tú, rey inútil, rey pusilánime, marginado del campo de batalla temblabas como mujercita acobardada solicitando concesión por abdicar. Dos posibilidades se te ofrecían: Hacia adelante las fuerzas enemigas, hacia atrás el precipicio, la nada. Dos posibilidades que redujiste a una sola determinación: esperar sin hacer algo. Pero, quizás soy demasiado severo contigo; no eres cobarde realmente; cuando más un tipo abúlico, una veleta sin voluntad. Porque analizando serena e imparcialmente, ¿quién orilló todas tus tropas a la derrota?, ¿quién las dispersó antes de ofrecer pelear?, ¿quién permitió que ese cuaco de azabache le pateara el rostro a la reina? Lo confieso: fui yo. Mía es la culpa, lo reconozco, pero no tiembles, miedoso rey, se valiente, no seas cobarde siquiera en el lapso que te queda antes de la embestida final.

No me hagas caso, no quise ofenderte. Perdóname, rey; soy un idiota, rey blanco. Sí, soy un idiota que no sabe jugar ajedrez, aquí llega el jaque mate, ganaron las negras, la partida acabó.

Pedro Crespo
No. 52, Abril 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 725