Hubo una vez un rey

El enemigo estaba en las puertas de tu fortaleza y yo te llevaba de un lugar a otro con la debilitada esperanza de salvarte. Las torres de tu alcázar se desmoronaban con el fragor de la caballería enemiga, en un rincón la reina herida agonizaba y tú, rey inútil, rey pusilánime, marginado del campo de batalla temblabas como mujercita acobardada solicitando concesión por abdicar. Dos posibilidades se te ofrecían: Hacia adelante las fuerzas enemigas, hacia atrás el precipicio, la nada. Dos posibilidades que redujiste a una sola determinación: esperar sin hacer algo. Pero, quizás soy demasiado severo contigo; no eres cobarde realmente; cuando más un tipo abúlico, una veleta sin voluntad. Porque analizando serena e imparcialmente, ¿quién orilló todas tus tropas a la derrota?, ¿quién las dispersó antes de ofrecer pelear?, ¿quién permitió que ese cuaco de azabache le pateara el rostro a la reina? Lo confieso: fui yo. Mía es la culpa, lo reconozco, pero no tiembles, miedoso rey, se valiente, no seas cobarde siquiera en el lapso que te queda antes de la embestida final.

No me hagas caso, no quise ofenderte. Perdóname, rey; soy un idiota, rey blanco. Sí, soy un idiota que no sabe jugar ajedrez, aquí llega el jaque mate, ganaron las negras, la partida acabó.

Pedro Crespo
No. 52, Abril 1972
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 725

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