La trampa

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Hay un pájaro que vuela
en busca de su jaula.
F. Kafka.

Cada vez que una mujer se acerca turbada y definitiva, mi cuerpo se estremece de gozo y mi alma se magnifica de horror.

Las veo abrirse y cerrarse. Rosas inermes o flores carniceras, en sus pétalos funcionan goznes de captura: párpados tiernos, suavemente aceitados de narcótico. (En torno a ellas, zumba el enjambre de jóvenes moscardones pedantes).

Y caigo en almas de papel insecticida, como en charcos de jarabe. (Experto en tales accidentes, despego una por una mis patas de libélula. Pero la última vez, quedé con el espinazo roto). Y aquí voy volando solo.

Sibilas mentirosas, ellas quedan como arañas enredadas en su tela. Y yo sigo otra vez volando solo, fatalmente, en busca de nuevos oráculos.

¡Oh Maldita, acoge para siempre el grito de mi espíritu fugaz, en el pozo de tui carne silenciosa!

Juan José Arreola
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 515

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Una llave

—Y usted, cielo ¿adónde va?

—Yo voy a mi casa, a encerrarme bajo veinte llaves. A ti, que me gustas, te voy a regalar una, la última de mi recámara.

Los hombres acudían a casa de Dolores con toda la desesperación del deseo de la realización imposible. Una vida no alcanzaría para rendir a una tal mujer, fuerte, bella y casta. María de los Dolores.

J. A. Manrique
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 510

Los peces

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Muerto, como los peces, bogo entre prismas de aguacristal, entre multitud de anhelos fosilizados en su flujo fingido.

¿Solamente un pez, ahora, al final de los tiempos, en la turbiedad profunda de un océano? ¿Sólo un descendiente de la comunidad marina sin mayor función que el movimiento? Sueño diariamente con el pescador y en mi boca hay ansias vivas. Fluyen recuerdos de mis antepasados, la brisa parece milenaria.

¿Parece? Yo mismo, el que soy, recuerdo haberla escuchado desde siempre. ¿Soy? ¿Un ser sin muerte y sin principio y sin creador?
Sucede que he querido quedarme solo para identificarme y no basta un espejo para sentirse uno pez… Tendré que dejarme conducir por la corriente. ¿No seré yo mismo la corriente?

José Joaquín Blanco
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 509

No molestar

Después de levantar varias grandes losas, había yo socavado el pavimento.

Ahora los instantes se alargaban y aquellas personas no se iban. Mi angustia era tan grande ya, que tenía clavadas las uñas en las palmas de las manos y sólo escuchaba palabras aisladas como “sicosis” y algo relativo a una camisa.

El murmullo se alejó con ellos y no perdí el tiempo. De un salto llegué a mi lecho de tierra, me acosté dentro de él y me cubrí con las losas.

Ya así, seguro del todo en mi refugio, nada me importa. Ojalá que no vuelvan y me dejen en paz.

José Barrales V.
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 507