La alternativa

Fue exactamente en los comienzos del mes de octubre. Para él, recién llegado de una isla tropical y cálida, era el primer otoño de su vida. Ávidos e inquietos, los ojos del poeta —¿lo era realmente? —se buscaron a sí mismos en aquel paisaje que era como una fiesta de colores apara sus ingenuas retinas. Sin poder evitar que sus pies estrujaran aún más las docenas y docenas de hojas mustias y secas que alfombraban el camino, el intruso comenzó a pasearse a todo lo largo de la inmensa avenida. Mientras avanzaba, el extraño iba reteniendo cuidadosamente, inundado por un júbilo casi infantil, todos los matices del verde, las irrupciones del naranja, la presencia del amarillo y los detalles magníficos del rojo con que inauguraban el otoño las hojas todas de los árboles. Y se preguntó si acaso ese ropaje cromático no se correspondía secretamente con alguna especie de música vegetal que animara interiormente la espléndida estructura de aquella escena maravillosa, armónica, inolvidable… Así, la tarde fue marchitándose poco a poco, hasta que la luz despojó de sus favores a la singular visión, completamente nueva para las fervorosas pupilas de aquel hombre que por primera vez estaba en contacto con una estación semejante. Entonces se dio cuenta de que muy pronto todo aquel espectáculo sería barrido por las sombras. Y no supo exactamente si debía llorar o si, por el contrario, lo indicado era sonreír de satisfacción, aliviado y feliz por la estupenda oportunidad que el destino le había brindado en aquella etapa de su existencia.

Sin embargo, detrás de él, una voz se encargó de sugerirle la mejor solución: “Mañana, extranjero, el paisaje ya no será el mismo. Habrá menos hojas y las que queden mostrarán nuevos tintes y tonalidades diferentes. Todo habrá sido re-creado y lo que has podido disfrutar hoy, antes de que el crepúsculo ahogue finalmente tanta belleza, jamás volverá a presenciarlo. Al menos como en este instante. Decide tú mismo, pues…”

El poeta meditó por un momento las palabras que había escuchado. Y luego, sin la menor muestra de vacilación de duda o de arrepentimiento, en un gesto tan sublime como absurdo, se sacó los ojos sin exhalar un solo gemido. Los ofreció humildemente a la dueña de la voz, y tendiendo después sus manos hacia adelante, echó a caminar torpemente hacia las tinieblas definitivas.

Jesús Abascal
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 529

Suicidio

Corrió hacia el borde del precipicio, pero ya era tarde: su sombra se había despeñado irremediablemente.

Jesús Abascal
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 523

El ataúd

57 top

 

Vicenta enviudó a los cincuenta años de vida y a los veinticinco de amor. Heredó tres varones, una epiléptica y una pequeña finca que produjo para todos, gracias a su intuitivo gobierno matriarcal.

Los hijos trajeron a sus mujeres y a sus pequeños. Y pasó el tiempo. Cuando celebró los sesenta años, se regaló un elegante ataúd que destinó para sus segundas nupcias, con la muerte. Lo colocó en el mismo sitio de la sala en que doña María Tere Clara de Echegaray y Puig colocaba la señorial ortofónica en la suya.

La caja fúnebre ahuyentó de la casa a las comadres por un tiempo, aunque terminaron tan familiarizadas, que la convirtieron en costurero de sus diarios enredos.

Cierta vez lo prestó para el entierro de un joven vaquero que murió por dos trenzas nuevas. Pronto lo compró más suntuoso. También sirvió para las exequias de la parturienta empeñada en complacer al esposo que buscaba la docena. Al día siguiente lo readquirió modernizado. Cuando estaba ya septuagenaria, lo facilitó para los funerales del vecino que enmudeció al diálogo de escopetas y fusiles. Orgullosa lo repuso. Y hubo otras muertes.

Llegó el día de celebrarse los cien años, y en medio del banquete familiar que los festejaba, se levantó hierática, exclamando: “Vestiré de gala”. Y murió sin complejos, como los niños que juegan a la vida.

Se organizó el funeral, pero… ¡Qué contrariedad! La víspera, Vicenta había donado su ataúd para el vagabundo sin dolientes, y no había tiempo de traer otro del lejano pueblo, así que la familia decidió enterrarla entre flores silvestres y helechos campesinos.

Inicióse el cortejo, y todos sorprendidos vieron un fino ataúd de cristal que la envolvía, como un bloque eterno de hielo purísimo, destellante. Asombrados, comentaban el enigma sin explicárselo, cuando de repente la epiléptica, iluminada y pálida como el cirio que llevaba, gritó:

“¡Está envuelta por el espíritu transparente de los muertos!”.

Hernán Altuzarra del Campo
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 522

Ejecución

Con gesto de profundo desdén, la duquesa de Montserrat oyó la lectura de su sentencia: “… y bajo el cargo comprobado de conspiración contra el gobierno establecido, este tribunal declara culpable a la acusada, y la condena a la horca. Pero por consideración a su persona, y por ser la madre de nuestro digno gobernante, se le da opción para que escoja la cuerda con que ha de ser ejecutada”. La duquesa, sin decir una palabra, ni dignarse mirar a sus verdugos, anotó, en un papel dado para el caso, que deseaba ser ahorcada con los intestinos de su hijo…

Salvador Castañeda P.
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 517