Agustín Monsreal

Agustín Monsreal

Agustín Monsreal

Agustín Monsreal nació en la ciudad de Mérida, Yucatán, en 1941. Inició su carrera literaria  en el volumen colectivo 22 Cuentos 4 Autores  (1970). Un año después obtiene el Premio Nacional de Cuento  del INJM. En 1978 fue finalista en el Premio Nacional de Poesía de Aguascalientes con Canción de amor al revés y ganó el Premio Nacional de Cuento de San Luis Potosí con Los ángeles enfermos (1979). En 1987 obtuvo el Premio Antonio Mediz Bolio  con La banda de los enanos calvos. En 1996 se hizo merecedor al mismo premio, pero ahora por su trayectoria literaria. En 1999 fue galardonado con la Medalla Yucatán y en 2009 el Congreso de Yucatán  lo laureó con la medalla Héctor Victoria Aguilar, máxima presea que se otorga a nombre del pueblo yucateco.

Durante años, al final de la vida de la revista, fue parte del consejo de redacción de EL CUENTO, revista de imaginación, aún posteriormente al fallecimiento de Edmundo Valadés

            Agustín Monsreal ha publicado los libros de poesía  Punto de fuga (1979), Canción de amor al revés (1980), Cantar sin designio (1995), Perseverancias de amor (2008); y los libros de cuentos Los ángeles enfermos (1979), Cazadores de fantasmas (1982), Sueños de segunda mano (1983), Pájaros de la misma sombra (1987), La banda de los enanos calvos (1987), Lugares en el abismo (1993), Infierno para dos (1995), Diccionario de juguetería (1996), Las terrazas del purgatorio (1998), Tercia de ases (1998), A la salud del cuento (2003), Cuentos de fugitivas y solitarios (2004), Los hermanos menores de los pigmeos (2004), Diccionario al desnudo. No ilustrado (2009) y Desde el vientre de la ballena (2010).

            Su obra se ha incluido en más de 35 antologías y se ha traducido a múltiples idiomas. Desde 1995 en la ciudad de Mérida se instituyó el Premio de Cuento Agustín Monsreal[1].

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Erosión

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El objeto era, en sí mismo, una amenaza. Pero la maldición caería sobre todos si alguien osaba destruirlo. Así que decidieron acariciarlo.
Lo acariciaron sin pausa, con esmero. Lo pasaron de mano en mano, y volvieron a acariciarlo, una y otra vez, día y noche, noche y día.
Hasta que se gastó.

Marta Nos
No. 126, Abril-Julio 1993
Tomo XXII – Año XXIX
Pág. 151

Monólogo del escote

Era un escote peligroso para la mirada. No atrevido, provocativo más bien. Un imán que atraía la vista. Yo la estaba viendo a los ojos y cuando menos lo pensaba ya mi mirada había cambiado de dirección y los pensamientos también. Comencé a ponerme nervioso porque de un momento a otro esperaba la penosa situación de que ella abrochara algún botón (esto suele suceder cuando una mujer se da cuenta que sus senos tienen más importancia que su conversación. Entonces no queda más que disimular: “Qué bonito está tu pendiente”. “El color de tu suéter me gusta”).

Estaba más que indefenso, hipnotizado por esa afrodita del siglo veinte. Y luego, el calor sofocante de mayo. Imaginé esos montes rosados detrás de la fina cortina de tela blanca. Se veían firmes y orgullosos. El olor de ella era salvaje, pero su piel debía ser dulce. Me preguntaba si alguien la habría tocado ya (las mujeres deberían saber que el cachondeo les suaviza la piel y les deja los labios húmedos y brillantes. No hay necesidad de cremas y plastas de aguacate. El contacto con otra piel mantiene en forma la propia. Pero los tabúes, el “que pensarás de mi” o el “qué te crees que soy”, me impedían expresarle mi teoría).

¡Oh mujer bella y virginal en el abrazante mediodía de mayo! Bajo esa mirada inocente se escondían muchas noches de insomnio con las manos entre las piernas. ¿Por qué fingir? El fruto se caía de maduro y quien mejor que yo para comerlo

Ya no la escuchaba, su voz se precipitaba dentro de mí como una cascada de lava volcánica. Todo desapareció, el centro del universo eran sus pechos. Y ella agitaba su pelo y hablaba del calor (creo) mientras mi imaginación le traspasaba la ropa.

Tenía que hacer algo y rápido. Cualquier cosa a mi favor. Decirle que la amaba y que lo haría por siempre, que me casaría con ella, que le daría fortunas inmensas… pero ya no tuve tiempo. Se despidió quemándome el cachete con sus labios rojos y se marchó radiante, con la felicidad de quien se sabe deseada. Su piel dorada se alejaba dejándome inmóvil, absorto en la calentura del verano, con la cabeza a punto de explotarme como una olla express.

Bernardo Esquinca
No. 126, Abril-Julio 1993
Tomo XXII – Año XXIX
Pág. 145

Silvia Castillejos

Silvia Castillejos

Silvia Castillejos Peral

Nacida en Texcoco, estado de México, Silvia Castillejos Peral se inició como escritora con narraciones cortas y como guionista de radio y televisión. Estudió letras en la Universidad Autónoma Metropolitana de la Ciudad de México. Actualmente alterna su escritura con su trabajo como profesora de literatura hispanoamericana en la Universidad Autónoma de Chapingo, México. Entre sus publicaciones se cuentan La internacional Sonora Santanera (1987),Debe ser una broma (1989), El Diario de Sili (1996), El día que me volví invisible (2002), Y Malos amores (2002).

Sus cuentos han obtenido diversos premios, entre los que se destacan los siguientes: primer lugar en los Juegos Florales de Literatura Infantil de Lagos de Moreno, Jalisco (1993) y segundo lugar en el Concurso Nacional de Cuento Ciencia Ficción “Palpa”, de la revista Tierra Adentro (1993). El cuento “El día que me volví invisible” la hiso merecedora del primer lugar en el concurso nacional de cuento de la revista Marie laire (1994). Luego obtuvo el primer lugar en el concurso de cuento “Primero sueño” convocado por la Universidad del Claustro de Sor Juana (1994). En 1996 fue ganadora del Premio Nacional de Autobiografías de Mujeres Mexicanas con el libro El diario de Sili. También obtuvo el premio de cuento de los XXII Juegos Florales de la Feria de San Román en 1998, convocado por el gobierno del estado de Campeche y una mención honorífica en el concurso de literatura infantil FIDJI en el año 2000 con el cuento “Raúl y Raúl”

Los temas de su obra ponen en relieve el aspecto humano del México contemporáneo. Castillejos destaca en su narrativa su obsesión por los niños y los viejos y los indigentes. En “Raúl y Raúl”, por ejemplo, a través de un monólogo interno, representa las fantasías de un niño solitario, quien se desdobla en el espejo y así desarrolla una amistad secreta con el otro Raúl. “El día que me volví invisible” es una reflexión sobre la vejez y soledad frente  a un mundo obsesionado por la juventud y la belleza. En “Encuentro en una noche ámbar” crea un ambiente mágico para lograr un encuentro entre una joven y su tía vieja muerta, en el que logran una conciliación postergada. Profundamente mexicana. Castillejos es una exponente del tiempo y momento histórico que reflejan las preocupaciones de la sociedad donde ella ha crecido y se ha desarrollado. Angélica de Icaza la define así: “En su vida y su literatura Silvia es una creadora de atmósferas, de momentos señalados por la magia… En los cuentos de Silvia encontramos talento y un oficio incuestionable, giros de humor… pero también encontramos lo que ha aprendido de la vida expresado con una claridad, con una honestidad a prueba de falsos pudores[1].

Uno de dos

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A Ignacio Aguilar Marcué


Mientras como una guayaba pienso en él (o sea, en ti) y un sabor muy parecido al aroma de tu piel (o sea, a la de él) me despierta. Porque él debería saber (o sea, tú) que desde anoche que escuché tu voz (o su voz) caí en un sueño sin tiempo, sin luz y sin fondo. Él (siempre tú) me hipnotiza y tú me despiertas.

¿Quién de los dos va a hacerme suya?

Silvia Castillejos
No. 126, Abril-Julio 1993
Tomo XXII – Año XXIX
Pág. 143

De sabios es mudar de opinión

Cuando joven despotricaba contra el progreso y decía que muchas especies desaparecerían aún antes de habérseles registrado. Era entomólogo y nunca pudo describir una especie nueva.

De viejo aplaudía y se ufanaba del progreso. Alcanzó relevante notoriedad reseñando las especies extintas.

Juan Carlos Raya P.
No. 126, Abril-Julio 1993
Tomo XXII – Año XXIX
Pág. 133

Una página para Matías

Que desde aquí vuele a México. Que contenga toda su vida o que la rodee prolijamente hasta saber que nada de él puede ser reflejado. Esa es la gran ironía, porque el Matías que murió hace ya más de un año está irremediablemente perdido. Nada puede revivirlo; ni una página mecanografiada a dos espacios, ni mil páginas unidas por un lomo redondo. Se puede usar la letra i para enseñar la delgadez de Matías o hacer este gesto y decir que murió con la barriga más grande que el cuerpo, llena de agua o algo así. Hablar de su muerte como si él —moribundo e inundado de sangre y desconcierto— hubiera meditado en ella. Decir lo que fue en su vida es enumerar todas las cosas que fue, porque todo ser insignificante como él, es en su existencia muchas cosas: niño, ladrón, pescador, camorrero, viejo, borracho, mendigo, moribundo o muerto. Muerto, a juzgar por los cambios que hubo en su casucha de lata aquella tarde; un servicio fúnebre con piezas lustradas a muñeca y algunas florecillas. Pretexto para escribir una página a doble espacio, para querer, para odiar, para decir otras cosas o para no decir nada, que quizá sea lo mejor, la mejor forma de afirmar que soy Matías y me angustio porque ya estoy muerto y porque puedo morirme antes de que mi muerte de varias caras sea evitable. Pero Matías va al boliche, se emborracha; se pelea. No quiere a nadie ni lo quieren. Sale de noche con el bote; roba en los yates del puerto; encuentra a quién venderle y vive. Tiene recuerdos y los esconde; tiene temores. Se emborracha; todo gira a su alrededor y él describe círculos con pasos groseros como de baile; se ríe. A veces llora; sobre todo cuando se ha puesto viejo. Grita. Grita y se tapa la cara con las manos, porque los grandes buques de ultramar enfilan hacia él. Hacia la arena a toda máquina y salen del agua para atropellarlo. Por eso se tapa la cara y grita en el silencio de la playa. A veces llora y es porque en la noche la barriga se le ha hinchado para siempre. Llora solo y se toca el vientre; como que fuera eso lo que le duele. Es difícil saber la verdadera razón. De cualquier forma ahora está muerto; hace de esto más de un año. Casi nadie lo quiso y él no quiso a nadie ni a nada. Tampoco supo escribir; ni mil páginas ni una palabra, ni una letra; ni su propio y verdadero nombre, que quién sabe cuál era cuando llegó a su fin.

Adolfo Pascale Gálvez
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 230

Ma Me Mi

En el valle de la Democracia, las noches eran más largas que los días, había más tinieblas que luces y sin embargo todo el mundo conservaba aún el recuerdo de que ese valle había sido el más soleado, pero ahora sólo vivían del recuerdo.

También, un día hubo hombres que labraron la tierra, que construyeron, que amaron y crearon un mundo…, hasta que llegó la destrucción. Después de eso no quedó nada; si acaso borregos que conservaron reminiscencias de las virtudes de los hombres.

En aquel atardecer, el sol trasponía las montañas y sobre el valle se veía venir la obscuridad.

Los habitantes del lugar estaban en movimiento. Todo era excitación, prisas, carreras. Era el gran día de elegir al Borrego Maestre.

Las pancartas, llenas de luces y colorido, anunciaban la presencia de tres candidatos, que habían sido seleccionados del seno popular. Las célebres figuras, de “gran renombre y reputación”, eran los eminentes MA, ME, MI.

Todo el aparato electoral estaba listo, y en el momento de que el Borrego Director diese la señal, todos los borregos, simultáneamente gritarían su votación.

Se hizo el silencio, la expectación era grande.

El Borrego Director engoló la voz y dijo: “Con fundamento en el artículo AZ-XXXIII, a la cuenta de tres, los borregos ciudadanos emitirán su voto: uno…, dos…, tres”

Y todo el mundo dijo: “ME”.

 

Manuel Bueno
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 228

La cabeza robada

Despojose Apolo un día de su divina cabeza haciéndola descansar en un lugar solitario.

Un desdichado mozo que solía esconder su fealdad en aquel paraje, la encontró.

Haciendo mal uso de ella —no obstante haber reconocido la cabeza del dios—, acomodola sobre sus hombros.

Subterfugio que usó, para vengarse de la hermosa que rechazara su amor desesperado.

Su flamante belleza lo transformó y pronto hizo suya a aquella a quien implorara su amor tantas veces.

“¿Dónde estabas, amor mío —decíale ella con voz desfalleciente, sin cansarse de prodigar la caricia de sus dedos, sobre el divino perfil robado—, que mi voz no escuchabas?

“Muy cerca de ti, sin que tú lo sospecharas”, —contesta e apócrifo.

Cierta tarde, el dios volvió a recobrar lo suyo encontrándose de pronto que no muy lejos de allí, yacía sobre otros hombros su cabeza, rodeada por los brazos de la hermosa.

Con un gesto de ira, se arrojó sobre el impostor despojándole de  su mitológica testa, quien cayó de hinojos, azorado, implorando piedad.

El dios le castigó entonces de insólita manera: haciendo aparecer en la mano del impostor, otra cabeza semejante, a manera de espejo viviente, que le recordaría para siempre su horrenda faz.

 

Emilia Ortiz
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 225

Dice

Dice que iba por un camino comiéndose unas mandarinas huyéndole al diablo que le había salido de una piedra grandísima y vio una casa y corrió hacia ella, tocó a la puerta y cuando le abrieron era una vieja viejecita toda arrugada encorvada fea sucias las ropas descalza y al fondo contra la pared vio que ardía un fuego que creció, rodeó la olla, derramó el agua que hervía y la casa se llenó de humo y se prendió y la viejecita desapareció delante de sus narices desapareció y ella tenía mucho miedo, se llenó de miedo y echo a correr otra vez siempre con la casa ardiendo a sus espaldas todo el camino hasta el barranco.

Entonces dice era en la casa sobre el barranco camino al río cruzando el platanal y La Monguta triste cabizbaja amamantando, acabándose la tarde y entre el bullicio de los muchachos, el papá corriendo y la mamá, el río crecido, el café oloroso sobre el fuego, ella gritó ¡Ramón! y despertó.

Benjamín Ramón
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 223

El ser y la nada

Fastidiada de tanta inmovilidad, sola en medio de la noche de inexistencia, la Nada quiso desperezarse en su tedio.

Después de pensar en varias soluciones, decidió entablar un diálogo con el Ser. Pues aparte de que con ello, pensaba, eliminaría su aburrimiento, satisficiera su curiosidad, natural por otra parte, de conocer, al menos de oídas, lo que significaba tener existencia: base de las experiencias que a ella le estaban negadas.

Pero para tal comunicación, primero necesitaba encontrar el Ser; y, para hallarlo tenía que salir del caparazón ficticio en que se encontraba. Trató, así, de estirar sus brazos para recorrer la densa cortina de vacío que la separaba de él. Pero al instante se dio cuenta que ello era imposible, pues carecía de brazos. Lo mismo le sucedió cuando intentó darle un puntapié para rasgarla: su impulso quedó flotando en deseo irrealizable, pues también carecía de pies.

Pensó que lo mejor sería llamar al Ser, pues él sí se podría dirigir a donde ella estaba. E inmediatamente hizo el esfuerzo por gritarle… pero no encontró ni abertura, ni aire por donde poder emitir sus sonidos.

Entonces: dióse cuenta que para traducir en hechos cualquier deseo, era requisito indispensable la existencia: pero era precisamente lo que no poseía y nunca podría poseer, pues era algo totalmente contrario a su esencia.

Pero…

Una duda le acometió de pronto…

Tuvo la certeza de que dudaba… Y, la duda era manifestación de pensamiento. Y el pensamiento ¿era acaso, inherente a la inexistencia?.

El shock recibido fue tan grande, que la despertó del sueño milenario en que estaba sumergida, para hacerla caer en un inmóvil letargo inexistente de eternidad muerta.

joseluis
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 221