Diálogo con el perseguidor

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Por los espejos, Ramón entreveía que alguien lo acechaba desde atrás. También, a las espaldas, oía un rumor, sentía una respiración. Si se daba vuelta, nada. Pero empezó a conversar con su perseguidor, a toda hora. Y acabó por andar de lado, como un cangrejo. Así lo conocimos, curvado hacia la derecha, con la cabeza torcida, con la boca murmurando por un costado, derramando azul por un ojo extrañamente agrandado, en diálogo con el demonio invisible que siempre le pisaba los talones.

Enrique Anderson Imbert
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 544

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El barco

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El capitán Walter —cuando se desnudaba se le veía la larga vegación (sic) de venas azules, por debajo de la piel— se metía agujas en el cuerpo. Toda clase de agujas. Fue un trabajo paciente, fino, sutil. Llevó años. Primero las gentes creyeron que Walter era un masoquista, pero no: era un lobo de mar con alma de artista. Cuando terminó se sacó una radiografía y la mostró ufano a todo el mundo: entonces pudieron ver el hermoso barco que con las agujas se había armado dentro de las carnes.

Enrique Anderson Imbert
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 544

Alas

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Yo ejercía entonces la medicina, en Humahuaca. Una tarde me trajeron un niño descalabrado: se había caído por el precipicio de un cerro. Cuando, para revisarlo, le quité el poncho, vi dos alas. Las examiné: estaban sanas. Apenas el niño pudo hablar le pregunté:

—¿Por qué no volaste m´hijo, al sentirte caer?

—¿Volar? —me dijo—. ¿Volar, para que la gente se ría de mí?

Enrique Anderson Imbert
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 543

Los dos fantasmas

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Esa noche de verano, cerrada, fosca, me fui a acostar bajo un ombú. Ya estaba casi dormido cuando una vaca se puso a mugir. Un mugido largo, oxidado, de goznes chirriantes. En el campo —negro, negro, negro— se abría una gran puerta, con ruido de hierros. Y por allí entró él, como un fuego fatuo.

—Ah, perdón —dijo al verme. Yo debía de estar iluminado por su resplandor.

Medio me incorporé, apoyándome en un codo, y con la garganta seca lo interpelé:

—Y usted ¿quién es?

—Perdón. Me he equivocado.

—¿Qué quiere?

—¿Yo? Nada. Adiós. Me he equivocado. Este es el trasmundo ¿no?

—Ah, ¿así lo llaman ustedes?

Y desapareció.

Enrique Anderson Imbert
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 543