Los dos fantasmas

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Esa noche de verano, cerrada, fosca, me fui a acostar bajo un ombú. Ya estaba casi dormido cuando una vaca se puso a mugir. Un mugido largo, oxidado, de goznes chirriantes. En el campo —negro, negro, negro— se abría una gran puerta, con ruido de hierros. Y por allí entró él, como un fuego fatuo.

—Ah, perdón —dijo al verme. Yo debía de estar iluminado por su resplandor.

Medio me incorporé, apoyándome en un codo, y con la garganta seca lo interpelé:

—Y usted ¿quién es?

—Perdón. Me he equivocado.

—¿Qué quiere?

—¿Yo? Nada. Adiós. Me he equivocado. Este es el trasmundo ¿no?

—Ah, ¿así lo llaman ustedes?

Y desapareció.

Enrique Anderson Imbert
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 543

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