Melómanos

Llegó con la intención de escuchar, pero aquella melodía principió a hipnotizarlo hasta que se durmió profundamente.

Al despertar vio sobre sí una multitud espesa de notas que cabalgaban en enormes pentagramas impulsados por el estruendo de millones de aplausos.

Pero como la melodía no pudo contenerse, salió a la calle derrumbando puertas y ventanas y empezó a flotar por los aires hasta formar nubes que bajaban en tupida lluvia.

Un hombre observó que la multitud se apiñaba para cazar las notas que le envolvían, y tuvo una buena idea: trajo cientos de botellas y las llenó de aquella melodía.

Luego trató de venderlas, pero nadie las quiso porque todos yacían por el suelo bajo una montaña de notas, pentagramas, acordes y aplausos.

José Barrales V.
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 563

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El ingenuo

—¿Qué te acompañe? ¿Ahora mismo? ¿Y qué dirá la gente si me ven paseando por la ciudad con un loco que en vez de bastón se apoya en una guadaña como esa?

Jesús Abascal
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 556

Colores

57 top
Mig se levantó a las diez de la mañana. Cuando salió a la calle, los hombres tenían un tinte roséceo en la cara, y las mujeres verde pálido. Al andar, al hacer cosas, si hablaban, producían sonidos molestos, dolores concretos que penetraban en el oído de Mig y estallaban fuertemente en el interior de su cabeza.

El cielo era púrpura.

A las once, el color de los hombres cambió en amarillo y el de las mujeres en verde clarísimo.

El cielo era color paja.

A las doce y media, el de los hombres en amarillo clarísimo y el de las mujeres en casi blanco. También vio a un perro con seis patas.

A la una casi tenían su propio color.

A la una y media lo tenían.

Y el cielo.

Y los perros cuatro patas.

A las dos, la resaca había pasado totalmente.

Carlos Buiza
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 555

Era diferente

Desde que la conocí me pareció extraña. Sin embargo, me enamoré de ella tal vez por esa casualidad tan rara que es ser diferente.

Todo en ella era especial y mágico, que cada momento constituía una intensidad en sí mismo y me iba absorbiendo. Mi amor se acrecentaba aún sin estar con ella, el recuerdo era también creación.

Yo también empecé a cambiar desde entonces: era como si cada segundo fuese el primero de mi existencia, un nuevo nacimiento en un lugar diferente donde ella era lo único digno de escucharse, de contemplarse, y, sobre todo, de amarse.

El día que me invitó a su casa sentí una alegría indescriptible, aunque me sorprendió un poco que me citara a las once y media de la noche. Pero pasando por alto ese detalle me presenté puntual a la cita.

Esperé unos minutos después de tocar la aldaba de la puerta, y apareció ella más atractiva y enigmática que nunca. Me saludó amablemente y pasamos al interior de la casa; en la sala estaba reunida toda la familia. Sus padres y sus dos hermanos me saludaron y correspondí en la misma forma, y fue cuando me di cuenta que en nada se diferenciaban a ella; las mismas orejas alargadas, el mismo color mortecino, y, especialmente, esas extrañas cruces brillantes dentro de las pupilas.

Ignacio de la Miyar García
No. 57, Febrero-Marzo- 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 551