El reflejo

Su silueta joven, tan frágil, tan provocativamente indefensa, le inundaba el alma de una ternura triste. No podría dejarla nunca, aunque quisiera, aunque se lo pidiera a gritos la razón y el sentido común. Tendría que asumir el sacrificio de su propia vida en aras de esa pequeña que había sufrido las lamentables miserias de la humanidad, y que, por el peso enorme de lo que suponía esto, se transformaba en una anciana milenaria dentro de un cuerpo extrañamente joven.

De seguir unidos equivaldría a vivir atrapado en la angustia en cada una de las heridas que ella mantenía siempre abiertas; pero no podría dejarla, tan frágil, tan tierna y dulce, aunque le transmitiera una muerte constante provocada por sus experiencias eternamente presentes.

Pero al fin, el instinto de supervivencia venció al amor. Con un espantoso esfuerzo, volvió la cabeza y dejó que pasara esa silueta de ojos desproporcionadamente tristes que aquella desconocida —encontrada así, tan de improviso en la calle y a su paso—, le había dejado en la mirada.

Delfina Careaga
No. 58, Abril-Mayo 1973
Tomo IX – Año X
Pág. 663

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