El castillo

El castillo se erigía en la cima de una colina, un anillo de agua putrefacta rodeaba su estructura y emanaba consabidos malos olores. En lo alto de las atalayas ondeaban banderas ostentando escudos heráldicos; tras las murallas, el paso de la guardia nocturna cloqueaba sordamente. No es un cuadro muy aterrador, pero si se tiene en cuenta que todo esto sucede dentro de una fotografía, no puede uno más que mirar otra vez y elogiar sin medida la habilidad del fotógrafo.

Luis Arturo Ramos
No. 58, Abril-Mayo 1973
Tomo IX – Año X
Pág. 675

Teoría de los dinosaurios

Los dinosaurios y otros artificios parecidos fueron gigantescas máquinas accionadas por principios electrónicos.

Llevaban en su interior compartimientos y bien provistos de laboratorios de observación para los técnicos e investigadores, que vinieron a este planeta para estudiar la posible instauración de civilizaciones.

Notable fue la movilidad y destreza de estos grandes vehículos por espacios donde proliferaban ciénagas, formas de vida rudimentaria y pertinaces nieblas.

Una vez terminada su tarea, los expedicionarios regresaron a su lugar de origen, no sin antes desintegrar cuidadosamente los dinosaurios y aparatos similares utilizados en la empresa.

Buscando desorientar a las generaciones que vendrían, los técnicos fabricaron y enterraron algunas estructuras de materia plástica, que los excavadores del pasado han tomado, con singular obstinación, por colosales osamentas prehistóricas.

Jorge Mejía Prieto
No. 58, Abril-Mayo 1973
Tomo IX – Año X
Pág. 672

La niña

Cuando hubo terminado de meter el dinero dentro del costal, paseo la mirada por la habitación: el desorden más completo reinaba por todas partes; parecía como si el crimen lo hubiera cometido alguien extraño a la casa. ¿Quién sospecharía de él? Hasta se atrevió a espiar a su víctima: el viejo yacía sobre la cama, tal como lo había sorprendido la muerte.

De repente se le heló la sangre en las venas; su mirada se había detenido en algo increíble, algo que no encajaba dentro de lo previsto: una niña, de unos doce años, le sonreía desde el umbral de la puerta. Quedó aturdido unos segundos, hasta que el miedo mismo le despejó el cerebro: claro, era la hija de la nueva recamarera, la que había entrado a trabajar esa misma tarde y que él no había visto todavía; la madre había salido con los otros sirvientes y la había dejado en casa.

Un pensamiento horrible cruzó su mente, tan horrible que casi le hizo volver el estómago: tenía que matarla, matarla a ella también.

Durante un momento quedó inmóvil frente a la criatura, los ojos cerrados, apretados los puños. Lanzando un grito que más parecía sollozo, se precipitó sobre ella; y cuando hubo soltado el cuerpecito a punto estuvo de caer a su lado.

Ruidos en la planta baja le hicieron comprender que la servidumbre había regresado. Recogió el botín y como un loco, salió de la habitación.

El primer grito no lo detuvo: “¡Han matado al señor!”. Pero el segundo —¡ah! El segundo!—el segundo grito lo paralizó, los ojos abiertos como contemplando todo el horror del averno, abierta la boca como en agonía: “¡También a la cieguita!”

Max Chauvet Villalba
No. 58, Abril-Mayo 1973
Tomo IX – Año X
Pág. 671

Amibiasis

Cuando —ávido de información, temeroso— hubo leído de cabo a rabo la sesuda obra alemana, Las Amibas, de dos mil quinientas páginas, el paciente lector ya no tenía remedio: Aquellos impacientes protozoarios, espíritu de contradicción, ¡lo habían desleído!

Carlo Antonio Castro
No. 58, Abril-Mayo 1973
Tomo IX – Año X
Pág. 669