Puerto aéreo

Ella y yo nos deseábamos de tiempo atrás, sin habernos conocido nunca a causa de la distancia.

Recibí su telegrama, confuso, casi ilegible: “Llegaré vuelo número, 0 número, 0 número…”

Desde temprano estuve en la inaguantable sala de espera. Diversas rutas concluidas, a través del día, hasta ensombrecerse la noche:
¡Cuántos saludos ajenos y afectos indiferentes!

Cansado, me retiré. Un taxi me llevó al hotel. Me tendí sobre el lecho, sin vestir aquel pijama juvenil, recién adquirido, que no quise ajar. Vino el sueño…

Ella abrió la puerta, suavemente. Se desnudó en silencio. Aproximóse a mi cuerpo, estrechándolo anhelante entre sus brazos.

Más yo no estaba allí, sino en el aeropuerto.

Carlo Antonio Castro
No. 58, Abril-Mayo 1973
Tomo IX – Año X
Pág. 681

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