Recuerdo

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Es ciertamente el mismo campo. La misma casa rústica de mis padres: la misma sala decorada con agrietadas escenas pastoriles, con armas y leones. En el comedor hay artesonados antiguos. La mesa es muy grande. Las sirvientas eran varias, por eso las recuerdo. Estaba allí uno de mis antiguos amigos, ahora sacerdote. Recuerdo su habitación purpúrea, con vidrios empapelados de amarillo y libros escondidos que fueron remojados en el océano.

Me hallaba abandonado en esa casa de campo sin fin; leyendo en la cocina, secando el barro de mis ropas ante los huéspedes y durante las charlas en la sala: conmovido hasta la muerte por el murmullo de la leche matinal y el de la noche del último siglo.

¿Qué hacía en una habitación tan obscura? Una de las sirvientas vino hacia mí; puedo decir que era como un perrito, aunque fuese hermosa y de una innegable nobleza maternal: pura, encantadora. Me pellizcó el brazo.

No recuerdo muy bien su figura; tampoco puedo acordarme de su brazo, cuya piel hice rodar entre mis dedos, ni de su boca, que la mía cubrió como una pequeña ola desesperada. En un rincón oscuro, la derribé sobre un canasto de colchonetas y telas de navío. Sólo conservo el recuerdo de su calzón con encajes blancos.

Luego, ¡oh desesperación!, la pared se transformó vagamente en una sombra de árboles y me abismé en la amorosa tristeza de la noche.

Arthur Rimbaud
No. 58, Abril-Mayo 1973
Tomo IX – Año X
Pág. 685

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