Sueño y amante

Despertó con el sueño todavía revoloteándole en la frente. Trató en vano, de acordarse de él. Con violencia lo desechó de su mente porque ese día, en especial, tenía muchísimas cosas qué hacer, ya que Arturo regresaba esa noche después de dos semanas de ausencia. Le sirvieron el desayuno y aún recostada en su cama, pensó en el vestido apropiado, en el peinado preciso y en la actitud oportuna que debería adoptar para impresionar definitivamente a su amante. Se levantó a las once de la mañana y después de tomar un baño caliente de tina, salió apresuradamente de su casa para dirigirse al salón de belleza en donde se realizaría el milagro de su hermosura. Al atravesar la calle supo, instantes antes que la atropellara el coche que velozmente daba vuelta a la esquina, que iba a morir. Lo último que vio fueron dos faros gigantescos que se la tragaban; luego, el descanso en espiral hacia el fondo de un hoyo profundo. Mil años después o después de una fracción de segundo, abrió los ojos sin lograr recordar el sueño que había tenido y que aún revoloteaba en su frente. Sólo pensó que no era cosa de estarse todo el día acostada pensando en un simple sueño, mucho menos hoy que Arturo llegaba después de dos semanas de ausencia.

Delfina Careaga
No. 58, Abril-Mayo 1973
Tomo IX – Año X
Pág. 691

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