Producto híbrido

El hombre llegó a su casa por la noche más que cansado: estaba realmente fatigado, acabado. Como pudo, subió las escaleras y llegó hasta su recámara. Una vez allí, se aplicó a la tarea de desvestirse, sin prisa, sosegadamente. Luego, ya desnudo, se quitó el bisoñé, que puso cuidadosamente sobre un manequí, siguó con la dentadura postiza, que depositó en un vaso con agua, y los anteojos con aparato para la sordera los colocó sobre el buró. Enseguida, continuando con una rutina ya establecida, procedió a desenchufarse el pie derecho, luego el izquierdo, y los puso debajo de la cama, junto a las pantuflas; siguieron las piernas, las cuales le costaron algún trabajo, pues padecía de reuma desde hacía algunos años, éstas las dispuso, incluso hasta con cierto gusto, encima de la mesita de noche. A continuación con la mano izquierda destornillo la derecha, y desarmó todo el brazo hasta el hombro, arrojando las piezas sin preocuparse de dónde fuera a caer. Y por fin llegaba el momento temido cada noche: ¿qué hacer con el brazo izquierdo?; y así pensando se quedó dormido, y en un movimiento brusco, inconsciente, durante el sueño, se le desprendió la cabeza, que fue a rodar hasta caer por un agujero abierto en el medio del piso. Con esto terminaron para siempre sus problemas, sobre todo el del molesto brazo izquierdo.

Jorge Marín P.
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 157

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Así somos todos

Un lindo centauro apareció un domingo por la mañana en medio de la Alameda Central. Algunas parejas se volvieron distraídamente a verlo, para continuar después su tranquilo paseo. El animal fue a parase junto a un fotógrafo ambulante, y las gentes pensaron que quizá sería un juguete para retratar a los niños montados en él. El centauro, todo confuso, echó a caminar sin rumbo, acercándose, curioso, a una multitud que rodeaba un quiosco de música. Como estaban tocando Zorba el Griego, no pudo resistir y se puso a bailar: la gente lo aplaudió un rato, pero cuando salió a cantar una chica en minifalda, se olvidaron por completo de él. Caminando caminando, por poco lo atropella un auto al cruzar la calle, y tuvo que soportar la reprimenda de un policía; por la banqueta, la marea humana lo empujaba, lo pisaba, lo estrujaba, y si no es por sus cuatro patas, se hubiera caído. Por la noche, echado en su tierra natal, instruyendo a filósofos y príncipes, en lugar de ser transportado a este tiempo incomprensible. Finalmente, poco antes de amanecer, murió de nostalgia, y su cuerpo fue enviado al Rastro.

Jorge Marín P.
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 157

Recompensa

—Hace unos meses, acompañados de un amigo muy querido, fuimos de cacería a las montañas del norte. Una tarde. Después de mucho caminar, encontramos un hato de hermosos ciervos. Cuando indicamos a mi esposo que disparara, nos miró tristemente, arrojó la escopeta al suelo y corrió a reunirse con ellos.

—¿…..?

—Entiende por el nombre de Cornelio y no es agresivo. Le ruego que lo encuentre, señor comandante (habrá una recompensa generosa para usted), y dígale que su esposa, sus clientes y su mejor amigo, lo extrañamos mucho.

Roberto Bañuelas
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 154

Homenaje póstumo

A pesar de mi gran talento, siempre he sido un artista desafortunado. Anoche, cuando el empresario anunció que se cancelaba la función por haber muerto —minutos antes— el primer actor de la compañía, el público me despidió con una rechifla alegre y salvaje.

Roberto Bañuelas
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 154