Epitalamio

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La amada y el amado dejaron la habitación hecha un asco, toda llena de residuos amorosos. Adornos y pétalos marchitos, restos de vino y esencias derramadas. Sobre el lecho revuelto, encima de la profunda alteración de las almohadas, como una nube de moscas flotan palabras más densas y cargadas que el áloe y el incienso. El aire está lleno de te adoro y de paloma mía.

Mientras aseo y pongo en orden la alcoba, la brisa matinal orea con su lengua ligera pesadas masas de caramelo. Sin darme cuenta he puesto el pie sobre la rosa en botón que ella llevaba entre sus pechos. Doncella melindrosa, me parece que la oigo cómo pide mimos y caricias, desfalleciente de amor. Pero ya vendrán otros días en que se quedará sola en el nido, mientras su amado va a buscar la novedad de otros aleros.

Lo conozco. Me asaltó no hace mucho en el bosque, y sin frases ni rodeos me arrojó al suelo y me hizo suya. Como un leñador divertido que pasa cantando una canción obscena y siega de un tajo el tallo de la joven palmera.

Juan José Arreola
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 164

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La máquina del tiempo

Terminó por fin de construir el maravilloso invento: La máquina del tiempo tan largamente soñada en la imaginación de todos los tiempos, se alzaba ante él como una bella realidad. Tenía la forma de un cubo de buen tamaño, de reluciente metal pulido, en cuyo interior cabía un hombre cómodamente sentado, frente a un tablero compuesto de cuadrantes, manijas, botones, palancas y demás instrumentos propios de semejante aparato. Tras los preparativos indispensables, se dispuso a emprender el ansiado viaje. Nervioso, tomó asiento en el artefacto, hizo girar una perilla hasta que la carátula principal apareció la fecha deseada: “UN MILLON DE AÑOS A. C.”, y apretando los dientes, jaló con fuerza el bastón de mando. Un zumbido vertiginoso, luces multicolores en rapidísima sucesión, la sensación de flotar en el vacío… y de pronto, la quietud total. Temeroso, pero excitado a la vez, descendió de la máquina. Se encontró en medio de una extensa planicie, rodeado de la exuberante vegetación primigenia, bajo un calor húmedo, sofocante, y el extraño rumor de la vida oculta, a la sombra de los volcanes en plena actividad. Contemplaba fascinado el fantástico escenario, cuando un espantoso rugido lo hizo volverse bruscamente: una gigantesca criatura, erguida sobre sus dos patas traseras, cubierta de pelo y con rasgos humanoides, se le venía encima vomitando toda su furia irracional. Con un movimiento instintivo, echó mano del revólver que llevaba al cinto, y vació toda la carga sobre aquel primate primordial.

En el mismo instante, él mismo, y con él incontables milenios de evolución, y miles de años de historia y civilización, y las vidas de millones y millones de hombres y mujeres, se esfumaron, se desvanecieron, se perdieron en la nada. Porque en ese instante acababa de extinguirse irremediablemente el progenitor de toda la raza humana.

Jorge Marín P.
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 159

De canales

Los marcianos estaban felices con sus canales. Anchos, profundos, de aguas tranquilas y cristalinas, estaban siempre pletóricos de toda clase de embarcaciones, desde imponentes buques cargueros hasta graciosos y ágiles veleros. En sus orillas verdeaban los campos, salpicados de exquisitas fincas campestres; en las confluencias, surgían modernísimas, prósperas ciudades, rebosantes de actividad. Toda la floreciente economía marciana —y a decir verdad, la vida misma del planeta— se basaba en los pasmosos canales, obra cumbre de la ingeniería de una raza de inteligencia superior. ¡Qué lástima que los astrónomos terrestres demostraran sin lugar a dudas que no existían, que no eran sino una ilusión óptica creada por los deficientes instrumentos de los primeros observadores! Porque entonces, consternados, pero resignados a lo inevitable, los marcianos vieron desvanecerse su máximo orgullo, sus preciosos canales, como un espejismo en el desierto. Y aun antes de morir en la espantosa sequía que sobrevino (la cual, además, acabó con cualquier otro vestigio de vida o civilización), en un rasgo de innegable dignidad, hubieron de reconocer su error, a saber, que siempre vivieron aferrados tercamente a una ilusión… óptica.

Jorge Marín P.
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 159

El mito

Durante siglos, el hombre ha creído en el mito de la personalidad. Ha aceptado, mantenido, reverenciado y difundido la idea de que a la unidad física del cuerpo, corresponde una unidad psíquica; de que cada individuo tiene asignada una, y solamente una sola alma. Pues bien, ya es tiempo de que tan grosera falacia sea destruida de una vez por todas. Y es a mí ni más ni menos, a quien ha cabido el honor de ser escogido como el primero en emprender la magna tarea.

Todo comenzó el día en que apareció el primero de ellos. Un hombrecillo diminuto, idéntico a mí como un doble perfecto, estaba sentado en la mesa, hablándome y gesticulando sin que yo lo pudiera entender. Preferí ignorarlo y continuar mi vida de costumbre. Pero al día siguiente aparecieron dos más, y después fueron ocho, y esto siguió durante algún tiempo, hasta que hubo prácticamente legiones de ellos, ejércitos, muchedumbres. Cada uno me era más simpático, y cada vez nos entendíamos mejor. Saltaban, corrían, reían y lloraban; se abrazaban y se peleaban, morían y renacían, se transformaban unos en otros y volvían a ser los mismos. Eran niños, jóvenes, personas maduras y ancianos; los había de largas melenas y vestidos de lo más estrafalario, y también los solemnes aristócratas, de frac y todo; sin faltar los artistas, los filósofos y los científicos, los santos y los asesinos; los que eran activos y emprendedores, y los tímidos e indolentes, y, en fin, muchísimos más que me sería difícil siquiera enumerar.

Al fin comprendí, porque ¿sabe usted?, uno tiene sus lecturas, y yo he meditado mucho sobre todas estas cuestiones. Comprendí que cada uno de aquellos hombrecillos, que pululaban a mi alrededor como un enjambre de abejas en torno a un panal, era una parte, un pedacito de mí mismo, una fracción de mi yo, o mejor, un alma que vivía independiente, aunque relacionada con todas las demás; y que, cansadas de su confinamiento en la cárcel de mi cuerpo, habían escapado de él, y ahora medraban ahí afuera, en el mundo real, con una vida propia, y fines y objetivos propios también. ¡Era, finalmente, la liberación!

Cuando me aprestaba a dar a conocer al mundo, con las pruebas en la mano, la verdad esencial de la existencia, vinieron por mí y me encerraron en esta oscura celda, en el pabellón destinado a enfermos incurables de esquizofrenia del Manicomio Municipal.

Jorge Marín P.
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 158