El mito

Durante siglos, el hombre ha creído en el mito de la personalidad. Ha aceptado, mantenido, reverenciado y difundido la idea de que a la unidad física del cuerpo, corresponde una unidad psíquica; de que cada individuo tiene asignada una, y solamente una sola alma. Pues bien, ya es tiempo de que tan grosera falacia sea destruida de una vez por todas. Y es a mí ni más ni menos, a quien ha cabido el honor de ser escogido como el primero en emprender la magna tarea.

Todo comenzó el día en que apareció el primero de ellos. Un hombrecillo diminuto, idéntico a mí como un doble perfecto, estaba sentado en la mesa, hablándome y gesticulando sin que yo lo pudiera entender. Preferí ignorarlo y continuar mi vida de costumbre. Pero al día siguiente aparecieron dos más, y después fueron ocho, y esto siguió durante algún tiempo, hasta que hubo prácticamente legiones de ellos, ejércitos, muchedumbres. Cada uno me era más simpático, y cada vez nos entendíamos mejor. Saltaban, corrían, reían y lloraban; se abrazaban y se peleaban, morían y renacían, se transformaban unos en otros y volvían a ser los mismos. Eran niños, jóvenes, personas maduras y ancianos; los había de largas melenas y vestidos de lo más estrafalario, y también los solemnes aristócratas, de frac y todo; sin faltar los artistas, los filósofos y los científicos, los santos y los asesinos; los que eran activos y emprendedores, y los tímidos e indolentes, y, en fin, muchísimos más que me sería difícil siquiera enumerar.

Al fin comprendí, porque ¿sabe usted?, uno tiene sus lecturas, y yo he meditado mucho sobre todas estas cuestiones. Comprendí que cada uno de aquellos hombrecillos, que pululaban a mi alrededor como un enjambre de abejas en torno a un panal, era una parte, un pedacito de mí mismo, una fracción de mi yo, o mejor, un alma que vivía independiente, aunque relacionada con todas las demás; y que, cansadas de su confinamiento en la cárcel de mi cuerpo, habían escapado de él, y ahora medraban ahí afuera, en el mundo real, con una vida propia, y fines y objetivos propios también. ¡Era, finalmente, la liberación!

Cuando me aprestaba a dar a conocer al mundo, con las pruebas en la mano, la verdad esencial de la existencia, vinieron por mí y me encerraron en esta oscura celda, en el pabellón destinado a enfermos incurables de esquizofrenia del Manicomio Municipal.

Jorge Marín P.
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 158

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