Curiosidad

Cansado el hombre de vagar en la oscuridad en pos de su origen, inventando teorías absurdas e historias ridículas, decidió hacer una máquina que lo condujera a su lejano principio. Gigantesca y complicada, con infinidad de botones y grandes pantallas, la máquina, pronto estuvo terminada y lista para cumplir su cometido. Imprudente y curioso como sus parientes los grandes monos, el hombre entró a la cabina, se colocó en la plataforma, apretó el botón de los años, seis siglos atrás, bajó la palanca y giró en redondo; de pronto se encontró en plena edad media, colorida y pintoresca, pletórica de frailes y señores feudales, valientes caballeros, hermosas damas y campesinos miserables. Vio que eso estaba muy cerca de su actualidad y decidió volver; de nueva cuenta manipuló la complicada máquina, apretó el botón de los años, esta vez siete milenios atrás, bajó la palanca y se ahogó en el diluvio universal.

Salvador Castañeda Pérez
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 186

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La condena

El plazo se había cumplido. Sabía muy bien cuál era su condena y tratando de evitarlo, decidió ahorcarse con su propio cordón; pero el médico intervino hábilmente a la parturienta, y el niño nació vivo.

Carlos Becerril
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 184

Treta

47 top
Pasan a la ciudad de Tresbisonda, y viene el comentario de las iglesias armenia y griega. Dice de esta última que “cuando muere algún hombre, y usó mal este mundo, y entienden por ello que es un gran pecador, en cuanto ha muerto, lo visten con paños de orden y le mudan el nombre para que el diablo no lo conozca”.

Crónica del viaje a Samarcanda de los enviados de Enrique III
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 178

Nuestra historia

Trabajaron desde siempre como hormigas, trayendo y llevando minutos de eternidad sobre sus hombros, clasificándolos con amorosa precisión y atesorándolos en las entrañas de la tierra dentro de gavetas electrónicas. Y cuando, libres al fin, salieron a la superficie y otearon el infinito haciéndolo suyo desde su primera mirada, la única pregunta que se les ocurrió hacerse fue:

¿Cuántas horas-hombre se necesitan para formar un año-luz?

El Tiempo, ese elemento subversivo, sonrió compasivamente desde su celda de preso político y se negó a hacer declaraciones. Ellos, pensando en el invierno, siguieron con su labor de hormigas.

Ana F. Aguilar
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 174