Beauty parlor

A Rosa Furman

Entró muy decidida, moviendo graciosamente las caderas. Sombrero de ala ancha y lentes oscuros. Aguardó malévolamente su turno; disimulando su ansiedad fingió leer. Al fin, la peinadora vino y la invitó a sentarse. Se quitó el sombrero con gran ostentación; su cabellera de un fascinante brillo metálico se alborotó.

—Corte de pelo a la Mia Farrow, dijo, esperando ver caer fulminadas a la peinadora y a todas esas viejas cretinas. Pero grande fue su sorpresa cuando le empezaron a cortar las serpientes. Súbitamente miró que cerca de ella, la esfinge de Tebas se daba manicure y pedicure. Ya no soportó más, se quitó los lentes lanzando imprecaciones.

Pero, oh fatalidad, el salón de belleza estaba lleno de espejos… y la pobre Medusa quedó petrificada.

Tomás Espinosa
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 195

Anuncios

Nuevos inquilinos

Exceptuando la palidez verdosa de su piel, lo vidriado de sus ojos y lo metálico de su voz, el aspecto del agente vendedor que apareció ante la puerta de mi casa, era abrumadoramente normal. Trató de venderme la mejor variedad de semillas para el cultivo de plantas exóticas, y, ante mi negativa de comprar, me obsequió un paquetito con semillas de guisantes.

Dos semanas después de haber arrojado despectivamente las semillas al jardín, una malla de plantas —luminosamente verdes— comenzaron a trepar por las azoteas de los edificios vecinos; pero pasado un mes, se convirtieron en árboles enormes y monstruosos que, desde la más alto, han estado abriendo sus vainas para soltar guisantes que caen sobre las casa o ruedan por las calles destruyendo vehículos.

Lo que queda de la ciudad, muestra las heridas de un cruel bombardeo; la desolación aumenta y se transforma, al mismo tiempo, en una selva de invasoras leguminosas que todo lo ocupan.

Algunos científicos afirman que este fenómeno macrovegetal es sólo el principio de la ensalada que una especia de gigantes usará al devorarnos mientras se adueña del planeta.

Roberto Bañuelas
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 191

Por quinta vez

… el niño disparó sin errar sobre su madre. Después de una noche angustiosa Irma levantóse y callada permaneció varias horas. Hacia la caída de la tarde salió del cuarto con la maleta de cuero que papá le regalara el año pasado. Me dio un beso (helado a pesar del sudor) diciendo luego que “me cuidara o me descuidara… en fin, que hiciera lo que quisiera”. Luego caminando quedito como no queriendo llamar la atención abrió la puerta y todavía lo recuerdo aun cuando han transcurrido algunos años. Por cierto desde entonces todo fue mal, como que se rompieron varias cosas al mismo tiempo y no se pudieron recuperar. Papá casi no habla, nomás me mira a veces, como con temor, haciéndome sentir rara. Anoche tuve otra vez aquel sueño traumático, y realmente me está poniendo nerviosa. Tengo miedo. Creo que estoy empezando a entender.

Marisa García Zúñiga
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 190

La disociación

47 top
En pleno sol de verano (35 grados a la sombra) el señor F. J. va dando diente con diente, mientras todo su cuerpo tirita. ¿Está enfermo…? No, su cuerpo está sano. El siquiatra le ha sugerido que se encuentra sobre un témpano de hielo en la costa de Groenlandia, y por eso tiene tanto frio (“Atchis… ¡Atchis!”).

Ese verano de 1963 F. J. muere de neumonía.

Dámaso Ogaz
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 187