Nuevos inquilinos

Exceptuando la palidez verdosa de su piel, lo vidriado de sus ojos y lo metálico de su voz, el aspecto del agente vendedor que apareció ante la puerta de mi casa, era abrumadoramente normal. Trató de venderme la mejor variedad de semillas para el cultivo de plantas exóticas, y, ante mi negativa de comprar, me obsequió un paquetito con semillas de guisantes.

Dos semanas después de haber arrojado despectivamente las semillas al jardín, una malla de plantas —luminosamente verdes— comenzaron a trepar por las azoteas de los edificios vecinos; pero pasado un mes, se convirtieron en árboles enormes y monstruosos que, desde la más alto, han estado abriendo sus vainas para soltar guisantes que caen sobre las casa o ruedan por las calles destruyendo vehículos.

Lo que queda de la ciudad, muestra las heridas de un cruel bombardeo; la desolación aumenta y se transforma, al mismo tiempo, en una selva de invasoras leguminosas que todo lo ocupan.

Algunos científicos afirman que este fenómeno macrovegetal es sólo el principio de la ensalada que una especia de gigantes usará al devorarnos mientras se adueña del planeta.

Roberto Bañuelas
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 191

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