Luna de maldición

Me estoy muriendo. La vida se me escapa en chorros escarlatas que no puedo contener. Igual que los demás… Me descuidé. La horrorosa visión me conmovió de tal manera que olvidé la prudencia. Debe haber visto mi sombra…, o quizás hice algún ruido. Ahora está a salvo. Yo era el único que sospechaba de él. Nadie lo creería. Parecía uno de tantos, a pesar de su reserva y de sus costumbres algo raras. Yo fui el único que recordó que él conocía a todas las víctimas. Y todas muertes habían ocurrido en noches de luna nueva. Y las heridas… ¡Sólo uno de ellos podía causar esas heridas! Pensé en las viejas leyendas… y me dediqué a vigilarlo de cerca. Y ahora confirmo mis sospechas. Pero me muero y ya nadie lo sabrá… Aún lo distingo, aunque cada vez con menos claridad, erguido frente a mí sobre sus dos patas blancas…, su repulsiva desnudez sin pelo, y su hierro tronador humeante todavía. Y ríe…, ríe, con la espantosa risa roma de los lobos-hombres.

Carlos María Federici
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 205

La piedra preciosa

Fui sometido a una altísima temperatura y quedé convertido en una piedra preciosa de gran valor adquisitivo y así permanecí oculto durante muchos años en poder de un gran señor. Recuerdo su aguda barba y sus ojos negrísimos reflejados en mi hermoso cuerpo prismático. Una gran explosión vino a destruir la caja —celda donde me encontraba recluido, quedando a la deriva. Sumido entre escombros: en medio de un caos total a mi alrededor. Cierta tarde, me despertó la caricia inusitada de una pequeña y cálida manecita infantil y desde esa noche dormí bajo la almohada hecha de paja burda. A partir de entonces, me sentí custodiado día y noche por mi pequeño guardián. Pronto mi naturaleza geométrica y fría, se acostumbró al calor humano de aquel cuerpecito, de aquellos ojos que se miraban en mí, cuando se encontraban a solas, con extraña curiosidad. Así permanecí unido a él; dentro del bolsillo de su chaqueta desgastada: junto a su corazón que sentía latir desasosegadamente cuando algún extraño se acercaba a nosotros. Una fría mañana de marzo, mi pequeño poseedor, fue sacudido brutalmente por un enorme puño amenazador que se apoderó de mí. Desde entonces pasé de mano en mano. ¡Cómo odié las miradas avaras y la sudorosa caricia codiciosa de manos astutas y envilecidas: que no tardaron en tasarme, cada vez más alto! Diré pues, en resumen, que: siendo un objeto de inapreciable valor, he pasado mi vida encerrado en herméticas cajas, que sólo han sido abiertas para recreación y goce de mis dueños y sólo conocí el calor humano, a través de una manecita infantil que me apretó contra su corazón, hasta hacer olvidar mi odiosa belleza.

Emilia Ortíz
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 203

Frustración divina

“Tú estás sentenciado a muerte, no lo olvides. No ames la vida por lo que es, sino por lo que significa; dale el valor que se merece, por lo que vas a hacer de ella, y quita del amor la posesión, y siente la belleza que te circunda y explaya tu expresión, y crea y ama…”

“Pero nunca vayas a dejar de practicar la humildad, porque ese día tú perecerás… Dejarás de ser una criatura celestial para empezar a ser hombre”.

Y así habló Dios al ser que envió a poblar este horizonte…

Rafael Aguirre Castro
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 198