La cabeza robada

Despojose Apolo un día de su divina cabeza haciéndola descansar en un lugar solitario.

Un desdichado mozo que solía esconder su fealdad en aquel paraje, la encontró.

Haciendo mal uso de ella —no obstante haber reconocido la cabeza del dios—, acomodola sobre sus hombros.

Subterfugio que usó, para vengarse de la hermosa que rechazara su amor desesperado.

Su flamante belleza lo transformó y pronto hizo suya a aquella a quien implorara su amor tantas veces.

“¿Dónde estabas, amor mío —decíale ella con voz desfalleciente, sin cansarse de prodigar la caricia de sus dedos, sobre el divino perfil robado—, que mi voz no escuchabas?

“Muy cerca de ti, sin que tú lo sospecharas”, —contesta e apócrifo.

Cierta tarde, el dios volvió a recobrar lo suyo encontrándose de pronto que no muy lejos de allí, yacía sobre otros hombros su cabeza, rodeada por los brazos de la hermosa.

Con un gesto de ira, se arrojó sobre el impostor despojándole de  su mitológica testa, quien cayó de hinojos, azorado, implorando piedad.

El dios le castigó entonces de insólita manera: haciendo aparecer en la mano del impostor, otra cabeza semejante, a manera de espejo viviente, que le recordaría para siempre su horrenda faz.

 

Emilia Ortiz
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 225

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