Pidió consejo

Francine Capuzzi amaba al cine desde niña, pues vivía cerca de los Estudios Machine-des-Dreams y en sus infanto-juveniles sueños oníricos “realizaba” el acto sexual con Georges Méliès, tratando de hacerle olvidar “la soledad de vender globos y tocar el cilindro en un parque de París”.

Pero, también, había sido educada en un colegio de monjas.

Por eso cuando Dollyman Zorbuck, de la Fox, decidió lanzarla en su costosa “Cleopatra VII”, FC corrió a contarle el “definitivo” suceso a su guía y modelo en la infancia, la monja pedagogo Justice Becket, quien la desanimó…

Años más tarde JB se lanza al mundo del aplauso como “Sor Alegría”, mientras Francine… tenía el séptimo “hijo” de Méliès (al que bautizara Sinesio).

Frank Dante “”Frante”
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 213

Todo eso era yo

Era un día caluroso, sólo se veía un árbol en la lejanía, yo lo veía desde aquí, el árbol no tenía hojas, sus ramas en formas caprichosas estaban quietas y silenciosas.

Yo no sentía miedo ni pena, sólo lo miraba como quien se ve en el espejo a través del tiempo, ¡con asombro!

Yo también estaba quieta, me sentía muy pequeña, muy lejana, no hablaba, ni siquiera pensaba.

Yo era parte de aquel día caluroso, de aquella lejanía, de aquel árbol sin hojas, de aquella quietud silenciosa.

Todo eso era yo, porque yo ya estaba muerta.

Lilia Morales y Mori
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 207

Luna de maldición

Me estoy muriendo. La vida se me escapa en chorros escarlatas que no puedo contener. Igual que los demás… Me descuidé. La horrorosa visión me conmovió de tal manera que olvidé la prudencia. Debe haber visto mi sombra…, o quizás hice algún ruido. Ahora está a salvo. Yo era el único que sospechaba de él. Nadie lo creería. Parecía uno de tantos, a pesar de su reserva y de sus costumbres algo raras. Yo fui el único que recordó que él conocía a todas las víctimas. Y todas muertes habían ocurrido en noches de luna nueva. Y las heridas… ¡Sólo uno de ellos podía causar esas heridas! Pensé en las viejas leyendas… y me dediqué a vigilarlo de cerca. Y ahora confirmo mis sospechas. Pero me muero y ya nadie lo sabrá… Aún lo distingo, aunque cada vez con menos claridad, erguido frente a mí sobre sus dos patas blancas…, su repulsiva desnudez sin pelo, y su hierro tronador humeante todavía. Y ríe…, ríe, con la espantosa risa roma de los lobos-hombres.

Carlos María Federici
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 205

La piedra preciosa

Fui sometido a una altísima temperatura y quedé convertido en una piedra preciosa de gran valor adquisitivo y así permanecí oculto durante muchos años en poder de un gran señor. Recuerdo su aguda barba y sus ojos negrísimos reflejados en mi hermoso cuerpo prismático. Una gran explosión vino a destruir la caja —celda donde me encontraba recluido, quedando a la deriva. Sumido entre escombros: en medio de un caos total a mi alrededor. Cierta tarde, me despertó la caricia inusitada de una pequeña y cálida manecita infantil y desde esa noche dormí bajo la almohada hecha de paja burda. A partir de entonces, me sentí custodiado día y noche por mi pequeño guardián. Pronto mi naturaleza geométrica y fría, se acostumbró al calor humano de aquel cuerpecito, de aquellos ojos que se miraban en mí, cuando se encontraban a solas, con extraña curiosidad. Así permanecí unido a él; dentro del bolsillo de su chaqueta desgastada: junto a su corazón que sentía latir desasosegadamente cuando algún extraño se acercaba a nosotros. Una fría mañana de marzo, mi pequeño poseedor, fue sacudido brutalmente por un enorme puño amenazador que se apoderó de mí. Desde entonces pasé de mano en mano. ¡Cómo odié las miradas avaras y la sudorosa caricia codiciosa de manos astutas y envilecidas: que no tardaron en tasarme, cada vez más alto! Diré pues, en resumen, que: siendo un objeto de inapreciable valor, he pasado mi vida encerrado en herméticas cajas, que sólo han sido abiertas para recreación y goce de mis dueños y sólo conocí el calor humano, a través de una manecita infantil que me apretó contra su corazón, hasta hacer olvidar mi odiosa belleza.

Emilia Ortíz
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 203

Frustración divina

“Tú estás sentenciado a muerte, no lo olvides. No ames la vida por lo que es, sino por lo que significa; dale el valor que se merece, por lo que vas a hacer de ella, y quita del amor la posesión, y siente la belleza que te circunda y explaya tu expresión, y crea y ama…”

“Pero nunca vayas a dejar de practicar la humildad, porque ese día tú perecerás… Dejarás de ser una criatura celestial para empezar a ser hombre”.

Y así habló Dios al ser que envió a poblar este horizonte…

Rafael Aguirre Castro
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 198

Beauty parlor

A Rosa Furman

Entró muy decidida, moviendo graciosamente las caderas. Sombrero de ala ancha y lentes oscuros. Aguardó malévolamente su turno; disimulando su ansiedad fingió leer. Al fin, la peinadora vino y la invitó a sentarse. Se quitó el sombrero con gran ostentación; su cabellera de un fascinante brillo metálico se alborotó.

—Corte de pelo a la Mia Farrow, dijo, esperando ver caer fulminadas a la peinadora y a todas esas viejas cretinas. Pero grande fue su sorpresa cuando le empezaron a cortar las serpientes. Súbitamente miró que cerca de ella, la esfinge de Tebas se daba manicure y pedicure. Ya no soportó más, se quitó los lentes lanzando imprecaciones.

Pero, oh fatalidad, el salón de belleza estaba lleno de espejos… y la pobre Medusa quedó petrificada.

Tomás Espinosa
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 195

Nuevos inquilinos

Exceptuando la palidez verdosa de su piel, lo vidriado de sus ojos y lo metálico de su voz, el aspecto del agente vendedor que apareció ante la puerta de mi casa, era abrumadoramente normal. Trató de venderme la mejor variedad de semillas para el cultivo de plantas exóticas, y, ante mi negativa de comprar, me obsequió un paquetito con semillas de guisantes.

Dos semanas después de haber arrojado despectivamente las semillas al jardín, una malla de plantas —luminosamente verdes— comenzaron a trepar por las azoteas de los edificios vecinos; pero pasado un mes, se convirtieron en árboles enormes y monstruosos que, desde la más alto, han estado abriendo sus vainas para soltar guisantes que caen sobre las casa o ruedan por las calles destruyendo vehículos.

Lo que queda de la ciudad, muestra las heridas de un cruel bombardeo; la desolación aumenta y se transforma, al mismo tiempo, en una selva de invasoras leguminosas que todo lo ocupan.

Algunos científicos afirman que este fenómeno macrovegetal es sólo el principio de la ensalada que una especia de gigantes usará al devorarnos mientras se adueña del planeta.

Roberto Bañuelas
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 191

Por quinta vez

… el niño disparó sin errar sobre su madre. Después de una noche angustiosa Irma levantóse y callada permaneció varias horas. Hacia la caída de la tarde salió del cuarto con la maleta de cuero que papá le regalara el año pasado. Me dio un beso (helado a pesar del sudor) diciendo luego que “me cuidara o me descuidara… en fin, que hiciera lo que quisiera”. Luego caminando quedito como no queriendo llamar la atención abrió la puerta y todavía lo recuerdo aun cuando han transcurrido algunos años. Por cierto desde entonces todo fue mal, como que se rompieron varias cosas al mismo tiempo y no se pudieron recuperar. Papá casi no habla, nomás me mira a veces, como con temor, haciéndome sentir rara. Anoche tuve otra vez aquel sueño traumático, y realmente me está poniendo nerviosa. Tengo miedo. Creo que estoy empezando a entender.

Marisa García Zúñiga
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 190

La disociación

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En pleno sol de verano (35 grados a la sombra) el señor F. J. va dando diente con diente, mientras todo su cuerpo tirita. ¿Está enfermo…? No, su cuerpo está sano. El siquiatra le ha sugerido que se encuentra sobre un témpano de hielo en la costa de Groenlandia, y por eso tiene tanto frio (“Atchis… ¡Atchis!”).

Ese verano de 1963 F. J. muere de neumonía.

Dámaso Ogaz
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 187

Curiosidad

Cansado el hombre de vagar en la oscuridad en pos de su origen, inventando teorías absurdas e historias ridículas, decidió hacer una máquina que lo condujera a su lejano principio. Gigantesca y complicada, con infinidad de botones y grandes pantallas, la máquina, pronto estuvo terminada y lista para cumplir su cometido. Imprudente y curioso como sus parientes los grandes monos, el hombre entró a la cabina, se colocó en la plataforma, apretó el botón de los años, seis siglos atrás, bajó la palanca y giró en redondo; de pronto se encontró en plena edad media, colorida y pintoresca, pletórica de frailes y señores feudales, valientes caballeros, hermosas damas y campesinos miserables. Vio que eso estaba muy cerca de su actualidad y decidió volver; de nueva cuenta manipuló la complicada máquina, apretó el botón de los años, esta vez siete milenios atrás, bajó la palanca y se ahogó en el diluvio universal.

Salvador Castañeda Pérez
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 186

Treta

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Pasan a la ciudad de Tresbisonda, y viene el comentario de las iglesias armenia y griega. Dice de esta última que “cuando muere algún hombre, y usó mal este mundo, y entienden por ello que es un gran pecador, en cuanto ha muerto, lo visten con paños de orden y le mudan el nombre para que el diablo no lo conozca”.

Crónica del viaje a Samarcanda de los enviados de Enrique III
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 178

Nuestra historia

Trabajaron desde siempre como hormigas, trayendo y llevando minutos de eternidad sobre sus hombros, clasificándolos con amorosa precisión y atesorándolos en las entrañas de la tierra dentro de gavetas electrónicas. Y cuando, libres al fin, salieron a la superficie y otearon el infinito haciéndolo suyo desde su primera mirada, la única pregunta que se les ocurrió hacerse fue:

¿Cuántas horas-hombre se necesitan para formar un año-luz?

El Tiempo, ese elemento subversivo, sonrió compasivamente desde su celda de preso político y se negó a hacer declaraciones. Ellos, pensando en el invierno, siguieron con su labor de hormigas.

Ana F. Aguilar
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 174

Esterilidad

Cuando ella no pudo darle un hijo, él se fue con un amante a curar su desilusión. Y ella, al verse abandonada, se refugió en los brazos de otra para olvidar su fracaso… todo esto sucedió cuando se les ocurrió ponerles sexo a las computadoras.

Homero Benítez Aguirre
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 171

Homero Benítez Aguirre

Homero Benítez Aguirre

Homero Benítez Aguirre

Se ha dedicado desde hace más de 30 años a mejorar los resultados totales de las empresas con especialidad en Desarrollo Humano. Ha asesorado más de cien organizaciones a nivel nacional, tratando siempre de motivar hacia la eficientización de las operaciones. Ese mismo espíritu se encuentra en sus múltiples, conferencias, libros y artículos publicados.

Paralelamente ha ejercido el periodismo publicando más 200 artículos en “El Sol del Bajío” del centro de México.

Ganó el primer lugar nacional en el concurso convocado por CONACULTA Y CONAFE para rescatarlas tradiciones, crónicas y leyendas de los barrios y los pueblos, con el libros “EL HUETAMO QUE SE FUE”.

Su obra puede divirse de la siguiente manera:

Obra ténica: Guía de Acción para supervisores de Línea. Motivación al alcance de todos, Un compromiso pero en firme, Aventuras Buscando el sentido y propósito del trabajo, Aventuras buscando la Motivación, Aventuras buscando la Limpieza, Aventuras buscando la Excelencia en el servicio al cliente; Aventuras buscando la confianza, Aventuras buscando la Seguridad; Aventuras buscando el desarrollo integral del Niño, Aventuras buscando la superación de la mujer y Niño feliz, hombre triunfador.

Obra literaria: Viaje alrededor de mi mismo, El hombre que huele el tiempo, El Huetamo que se fue, Una vez a la semana, Plata el chico del colegio, Lobo el chico del fut, La Bonita tiene SIDA, Milton el chico de Oxford, Ligue, terror y esperanzas en el chat gay y Antes del Final[1].

“Antes del Final” es la cuarta obra literaria del escritor Homero Benítez Aguirre, Premio Nacional de Literatura.

Este libro, que se distribuye principalmente en España, Estados Unidos y Argentina, pretende contar la historia de un hombre que vive más allá de los 70 años, la edad promedio del hombre, bajo el análisis de su existencia y el equilibrio que ha logrado en el intento de adaptarse a un mundo que detesta.

El autor señala que el cuestionamiento de este libro es ¿qué hacen las personas cuando llegan a la edad de 70 años?. En él plasma los motivos más importantes de su vida, que están en todo lo que hace: Dios y la muerte.

Comentó que la idea surgió hace tres años cuando cumplió 70 años y conoció a través de internet al señor Hugo Bravo, una persona en circunstancias similares en cuanto al estilo de vida, nivel económico y cultural, así como a la percepción del mundo, aunque dedicado a otras actividades. Le propuso que le contara sus experiencias a lo lago de sus 70 años y al conjuntar las de ambos surgió el personaje de Hugo Bravo, protagonista de la historia.

Esta persona es un hombre dedicado al Desarrollo Humano que al llegar a la edad antes mencionada decide analizar su vida de acuerdo a la teoría de que esta puede dividirse en ocho áreas: física, sexual, económica, intelectual, relaciones con la familia, relaciones sociales, emocional y la fe en Dios.

En este proceso se muestra la forma en la que el personaje ha obtenido el equilibrio de su vida dentro de un mundo que detesta pero al que forzosamente tiene que adaptarse.

El escritor luego de platicar sobre la sinopsis, dijo que después de 17 libros técnicos cuyo éxito ha sido rotundo y tres ediciones literarias, decidió escribir “Antes del Final” para que sus hijas conozcan más de él y en la aplicación de que “lo más personal es lo más universal”, la gente conozca más sobre el mismo hombre.

Este libro fue editado por Palibrio en Indiana, Estados Unidos y es distribuido a través de internet hacia la gente de habla hispana en dicho país, así como en España y Argentina principalmente.

“La expectativa que tengo es que este libro quede como testimonio y mantengo la esperanza de que mi obra no se va a perder”, dijo y añadió que se ha encontrado con que la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) dramatizó un cuento corto que él escribió hace 40 años, por lo que sabe que sus obras están dejando testimonio[2].

Metamorfosis

Se sintió sorprendida: unos ojos azules de pestañas rizadas afeaban su cara, un pelo rubio colgaba de su cabeza. Se palpó los senos, las piernas, se miró las manos y movió los dedos. Pero cuando quiso mover sus antenas, de pronto se dio cuenta de que ya no era hormiga.

Homero Benítez Aguirre
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 171

Apuntes

Cuando sometía su inteligencia a las pruebas mentales que abundan en las revistas modernas, se daba cuenta, que estaba dotado… de una asombrosa incapacidad.

Un líder de la era cuaternaria, subió a una piedra y comenzó a hablar. Tanto habló, que al cabo del tiempo, se encontró su brazo, transversalmente extendido, que abarcaba una enorme porción de estrato geológico.

La forma de una silla estilo Luis XIV, me hace pensar en una señora que charla sentada: las piernas separadas y las manos en los muslos, en medio de una sala de espejos y consolas de silenciosos mármoles.

Aquel ojo humano es el fondo de la cisterna, es el reflejo del que se asoma a mirar: o acaso el del habitante del agua que le examina curioso.

Aquella flor tan hermosa, salía del vaso por las noches, provocando una extraña urticaria en los labios inertes de aquél niño.

Era un tejido singular: de día apresaba el error y de noche lo vaciaba, convertido en razón.

Érase un juego, en el que todos los jugadores ganaban y el dueño desesperado, se arrojaba todas las noches, por la ventana del casino.

Emilia Ortiz
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 170

Epitalamio

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La amada y el amado dejaron la habitación hecha un asco, toda llena de residuos amorosos. Adornos y pétalos marchitos, restos de vino y esencias derramadas. Sobre el lecho revuelto, encima de la profunda alteración de las almohadas, como una nube de moscas flotan palabras más densas y cargadas que el áloe y el incienso. El aire está lleno de te adoro y de paloma mía.

Mientras aseo y pongo en orden la alcoba, la brisa matinal orea con su lengua ligera pesadas masas de caramelo. Sin darme cuenta he puesto el pie sobre la rosa en botón que ella llevaba entre sus pechos. Doncella melindrosa, me parece que la oigo cómo pide mimos y caricias, desfalleciente de amor. Pero ya vendrán otros días en que se quedará sola en el nido, mientras su amado va a buscar la novedad de otros aleros.

Lo conozco. Me asaltó no hace mucho en el bosque, y sin frases ni rodeos me arrojó al suelo y me hizo suya. Como un leñador divertido que pasa cantando una canción obscena y siega de un tajo el tallo de la joven palmera.

Juan José Arreola
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 164

La máquina del tiempo

Terminó por fin de construir el maravilloso invento: La máquina del tiempo tan largamente soñada en la imaginación de todos los tiempos, se alzaba ante él como una bella realidad. Tenía la forma de un cubo de buen tamaño, de reluciente metal pulido, en cuyo interior cabía un hombre cómodamente sentado, frente a un tablero compuesto de cuadrantes, manijas, botones, palancas y demás instrumentos propios de semejante aparato. Tras los preparativos indispensables, se dispuso a emprender el ansiado viaje. Nervioso, tomó asiento en el artefacto, hizo girar una perilla hasta que la carátula principal apareció la fecha deseada: “UN MILLON DE AÑOS A. C.”, y apretando los dientes, jaló con fuerza el bastón de mando. Un zumbido vertiginoso, luces multicolores en rapidísima sucesión, la sensación de flotar en el vacío… y de pronto, la quietud total. Temeroso, pero excitado a la vez, descendió de la máquina. Se encontró en medio de una extensa planicie, rodeado de la exuberante vegetación primigenia, bajo un calor húmedo, sofocante, y el extraño rumor de la vida oculta, a la sombra de los volcanes en plena actividad. Contemplaba fascinado el fantástico escenario, cuando un espantoso rugido lo hizo volverse bruscamente: una gigantesca criatura, erguida sobre sus dos patas traseras, cubierta de pelo y con rasgos humanoides, se le venía encima vomitando toda su furia irracional. Con un movimiento instintivo, echó mano del revólver que llevaba al cinto, y vació toda la carga sobre aquel primate primordial.

En el mismo instante, él mismo, y con él incontables milenios de evolución, y miles de años de historia y civilización, y las vidas de millones y millones de hombres y mujeres, se esfumaron, se desvanecieron, se perdieron en la nada. Porque en ese instante acababa de extinguirse irremediablemente el progenitor de toda la raza humana.

Jorge Marín P.
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 159

De canales

Los marcianos estaban felices con sus canales. Anchos, profundos, de aguas tranquilas y cristalinas, estaban siempre pletóricos de toda clase de embarcaciones, desde imponentes buques cargueros hasta graciosos y ágiles veleros. En sus orillas verdeaban los campos, salpicados de exquisitas fincas campestres; en las confluencias, surgían modernísimas, prósperas ciudades, rebosantes de actividad. Toda la floreciente economía marciana —y a decir verdad, la vida misma del planeta— se basaba en los pasmosos canales, obra cumbre de la ingeniería de una raza de inteligencia superior. ¡Qué lástima que los astrónomos terrestres demostraran sin lugar a dudas que no existían, que no eran sino una ilusión óptica creada por los deficientes instrumentos de los primeros observadores! Porque entonces, consternados, pero resignados a lo inevitable, los marcianos vieron desvanecerse su máximo orgullo, sus preciosos canales, como un espejismo en el desierto. Y aun antes de morir en la espantosa sequía que sobrevino (la cual, además, acabó con cualquier otro vestigio de vida o civilización), en un rasgo de innegable dignidad, hubieron de reconocer su error, a saber, que siempre vivieron aferrados tercamente a una ilusión… óptica.

Jorge Marín P.
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 159

El mito

Durante siglos, el hombre ha creído en el mito de la personalidad. Ha aceptado, mantenido, reverenciado y difundido la idea de que a la unidad física del cuerpo, corresponde una unidad psíquica; de que cada individuo tiene asignada una, y solamente una sola alma. Pues bien, ya es tiempo de que tan grosera falacia sea destruida de una vez por todas. Y es a mí ni más ni menos, a quien ha cabido el honor de ser escogido como el primero en emprender la magna tarea.

Todo comenzó el día en que apareció el primero de ellos. Un hombrecillo diminuto, idéntico a mí como un doble perfecto, estaba sentado en la mesa, hablándome y gesticulando sin que yo lo pudiera entender. Preferí ignorarlo y continuar mi vida de costumbre. Pero al día siguiente aparecieron dos más, y después fueron ocho, y esto siguió durante algún tiempo, hasta que hubo prácticamente legiones de ellos, ejércitos, muchedumbres. Cada uno me era más simpático, y cada vez nos entendíamos mejor. Saltaban, corrían, reían y lloraban; se abrazaban y se peleaban, morían y renacían, se transformaban unos en otros y volvían a ser los mismos. Eran niños, jóvenes, personas maduras y ancianos; los había de largas melenas y vestidos de lo más estrafalario, y también los solemnes aristócratas, de frac y todo; sin faltar los artistas, los filósofos y los científicos, los santos y los asesinos; los que eran activos y emprendedores, y los tímidos e indolentes, y, en fin, muchísimos más que me sería difícil siquiera enumerar.

Al fin comprendí, porque ¿sabe usted?, uno tiene sus lecturas, y yo he meditado mucho sobre todas estas cuestiones. Comprendí que cada uno de aquellos hombrecillos, que pululaban a mi alrededor como un enjambre de abejas en torno a un panal, era una parte, un pedacito de mí mismo, una fracción de mi yo, o mejor, un alma que vivía independiente, aunque relacionada con todas las demás; y que, cansadas de su confinamiento en la cárcel de mi cuerpo, habían escapado de él, y ahora medraban ahí afuera, en el mundo real, con una vida propia, y fines y objetivos propios también. ¡Era, finalmente, la liberación!

Cuando me aprestaba a dar a conocer al mundo, con las pruebas en la mano, la verdad esencial de la existencia, vinieron por mí y me encerraron en esta oscura celda, en el pabellón destinado a enfermos incurables de esquizofrenia del Manicomio Municipal.

Jorge Marín P.
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 158

Producto híbrido

El hombre llegó a su casa por la noche más que cansado: estaba realmente fatigado, acabado. Como pudo, subió las escaleras y llegó hasta su recámara. Una vez allí, se aplicó a la tarea de desvestirse, sin prisa, sosegadamente. Luego, ya desnudo, se quitó el bisoñé, que puso cuidadosamente sobre un manequí, siguó con la dentadura postiza, que depositó en un vaso con agua, y los anteojos con aparato para la sordera los colocó sobre el buró. Enseguida, continuando con una rutina ya establecida, procedió a desenchufarse el pie derecho, luego el izquierdo, y los puso debajo de la cama, junto a las pantuflas; siguieron las piernas, las cuales le costaron algún trabajo, pues padecía de reuma desde hacía algunos años, éstas las dispuso, incluso hasta con cierto gusto, encima de la mesita de noche. A continuación con la mano izquierda destornillo la derecha, y desarmó todo el brazo hasta el hombro, arrojando las piezas sin preocuparse de dónde fuera a caer. Y por fin llegaba el momento temido cada noche: ¿qué hacer con el brazo izquierdo?; y así pensando se quedó dormido, y en un movimiento brusco, inconsciente, durante el sueño, se le desprendió la cabeza, que fue a rodar hasta caer por un agujero abierto en el medio del piso. Con esto terminaron para siempre sus problemas, sobre todo el del molesto brazo izquierdo.

Jorge Marín P.
No. 47, Julio-Agosto 1971
Tomo VII – Año VIII
Pág. 157