Huida

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Despertó sobresaltado. Se miró las uñas sorprendiéndose de encontrarse vivo luego de feroz combate. Conservaba una noción un tanto vaga acerca de las oscuras motivaciones de la huida. Salto gigantesco hacia un lado, irremediablemente otro lado, norte quizá. Zona vedada a su desgarramiento.

Al regreso del cafetín, todavía con el amargor en los labios, continuaba golpeándole la imprecisa, insatisfecha, ansia de entender. Algo de culpa en el involuntario, casi imperceptible, movimiento en sus manos, garras. Inesperado brillo en el oscuro rincón de su mente aletargada. No. Negado cambio de planes. Corrió. Exhausto llegó frente al espejo maldito, puerta entreabierta hacia su naciente locura. Suavemente pasó la mano sobre la superficie lisa, engañadoramente húmeda: no hubo correspondencia.

Ednodio Quintero
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 47

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Reunión de exalumnas

Fueron llegando muy formales de dos en dos. A la entrada se quitaban el uniforme y lo entregaban, junto con los libros y cuadernos, a la sirvienta que abría la puerta. Luego cada una se fue colocando una sugerente peluca, varios kilos de más, una fina pero sincera red de arrugas y una tenue mirada que podía ser de satisfacción, añoranza o quién nos iba a decir. Sonó la campana, rompieron filas y por todas partes se formaron rientes y bulliciosos grupos. Las exclamaciones de sorpresa y alegría brotaban incontenibles. Las preguntas, dirigidas a nadie, no tenían respuesta y quedaban flotando sobre la alfombra del cuarto, entre las piedras del patio vacío: ¿Qué te has hecho? ¿Cuántos hijos tienes? ¿Te sabes la biología? ¿Dónde vives? ¿Cuánto te sacaste en historia? ¿Cuándo empiezan los exámenes? Mordisquearon recuerdos y aceitunas hasta dejar sólo el huesito. Intercambiaron direcciones, tortas, apuntes, números de teléfono. Proyectos y problemas de antes y de ahora quedaron en el fondo de las tazas de café. A través de la algarabía y el humo de los cigarrillos, el presentimiento de verse nuevamente más tarde se encontró con el gusto de reunirse otra vez después de tantos años. No se reconocieron pero ambos se sonrieron cordialmente. Y una a una fueron tomando su lugar en la lucidez de ese instante, se acomodaron fielmente dentro de una antigua fotografía muchas veces vista, sonriendo inmóviles para la posteridad de su adolescencia. Hasta que fue hora de irse a dar de cenar a los maridos.

Ana F. Aguilar
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 38

La vuelta al hogar

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Soy un hombre que todas las noches
sueña con el paraíso,
pero que al despertar amanece
con las costillas intactas.
J. J. A.

Pero al salir del paraíso, fastidiado, terriblemente fastidiado tanto de su suegra como de Eva, se encuentra, con sus costillas completas, ante un camino de polvo negro, horizontal, interminable. Un camino por el que vaga siempre dichoso, tranquilo, como si deseara que éste no condujera a parte alguna. Mas sin embargo, después de esos años, después de no soportar ya su soledad, mira a lo lejos una casa enorme. Regocijado, apresura el paso hacia ella.

Cerca ya, se detiene a contemplarla. Es una casa de madera vieja y del color de la tierra rasa. Una casa de diez pisos. Parece como si no la habitara nadie. Ninguna planta tiene puertas, sólo innumerables ventanas. Pero al último piso hay acceso por una escalera exterior lateral. Una escalera cilíndrica también de madera.

Se encamina hacia ella. Ya está frente a la casa, que cruje con el viento. Por la escalera extrañamente sonora, baja una muchacha desnuda. Él de pronto siente que le falta una costilla. Al llegar al último escalón se detiene lo mira y se sienta en el remate del pasamanos.

—¿Cómo te llamas?

—Adán. ¿Y tú?

—Eva. Mi madre está arriba. Te amo.

La madre, desde arriba, pregunta:

—¿Es Adán, hija mía?

La hija no contesta. Y mientras se miran a los ojos, enamorados, acercándose, la madre blasfema, grita, injuria, asomada a una ventana.

Xorge del Campo
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 31