Tragedia meteorológica

Llovía con fiereza y como ello estropeaba mis planes para la velada, me dio mucho coraje. Tomé mi escopeta y disparé contra la nube irreverente; debo haberla matado de seguro, porque desde entonces todas las demás nubes han estado llorando intensamente.

David Cruz Martínez
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 62

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Última hora

“Lo apuñalaron por la espalda-lo apuñalaron por la espalda-lo apuñalaron por la espalda…” tartamudeaba el teletipo, convulso e indignado.

David Cruz Martínez
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 62

El prisionero

En medio de una multitud un hombre vio a otro hombre llorando y pidiendo ayuda a gritos. Nadie parecía advertirlo. Primero, se asombró de la indiferencia de todos aquellos que escuchaban las quejas lastimeras sin siquiera volver la cara para mirar a quien las profería. Después, se acercó a aquel ser que parecía tan desgraciado y se dio cuenta de que su dolor radicaba en una pesada cadena que tenía incrustada en la piel de las piernas y los brazos. Un extremo de la cadena se hallaba enterrado en el suelo y sujetaba al hombre firmemente a aquel lugar, produciéndole, a cada movimiento, agudos dolores. Tomó fuertemente el tramo de la cadena que se hallaba entre la piel de las piernas y la tierra y jaló de ella, sin poder desenterrarla ni un milímetro. Volvióse a ver el rostro del prisionero y éste seguía gritando desesperadamente. Intentó de nuevo arrancar la cadena y no obtuvo ningún resultado. El prisionero, entonces, comenzó a insultarle y llamarlo inútil. Aun así, prosiguió en su esfuerzo. No pudo hacer nada y el prisionero, entonces, comenzó a golpearlo desangrándose las manos en el intento. Horrorizado, escapó de aquel sitio y se mezcló entre la multitud. Notó que al confundir su paso con el de los otros, ya no escuchaba los gritos.

Dolores Plaza
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 60

El intento

El primer día extendió la mano pidiendo ayuda. La obtuvo y pronto se sintió insatisfecho. El segundo día, se levantó e intentó lograr algo por sí mismo. Lo hizo, y se sintió poderoso. El tercer día, hizo el doble de lo que había hecho en el segundo y obtuvo el mismo resultado. Se sintió confuso y pensó que no había hecho bastante. Al cuarto día triplicó sus esfuerzos y aún logró menos que el segundo día de tarea. Al quinto día se sintió cansado, profundamente cansado aún antes de comenzar su trabajo. No logró nada. Y al sexto día volvió a extender la mano pidiendo ayuda.

Dolores Plaza
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 59