Encuentro de vidas

Todo sucedió sin que mediara mi voluntad o mi capacidad de discernir entre la vigilia y el sueño. De repente me descubrí caminando por una ruidosa avenida en busca de algo o de alguien, no sé, me sentía inconmensurablemente vacía. Así vagué por mucho tiempo. Después me recuerdo apoyada sobre la barandilla de un puente tendido sobre un río inefable, los hombres me miraban con libidinosa insistencia; un chico rubio al pasar cerca de mí, dijo un piropo audaz; algo me sucedió entonces, intempestivamente sentí que mi condición de mujer afloraba en mi epidermis como si hasta ahora cobrara conciencia de mi cuerpo, me percaté de mis senos que temblaban y recorrí mis manos sobre mis muslos con obsesiva curiosidad, como quien acaricia un cuerpo ajeno. Ahora estaba en una habitación a media luz sentada sobre un diván gris, con un gato gris en mi regazo, en una casa de campo gris, en una tarde gris, todo me parecía gris y sórdido, estaba triste o aburrida, quería llorar; estrechando el gatito sobre mis pechos me asomé a la ventana: sobre un otero unos chiquillos se afanaban por resistir los jalones de un papalote más grande que el más grande de ellos; al ver a los niños, la angustia cayó aplastante sobre mí y abominé reconocerme una mujer estéril y solitaria, destinada a calmar mis deseos inventando aventuras, quise destruirme y destruir a todos; cuando me di cuenta, era demasiado tarde: había matado al gato en mi crisis nerviosa. Después no sé lo que pasó. Todo se oscureció. De pronto sentí que una mano me acariciaba la nuca, mi pudor me ordenaba rechazarla, pero el placer me desarmaba —¡Oh, Dios, que placer sentir las manos acariciándome la espalda—, y yo sin poder darme cuenta de quién era, por la oscuridad. No he podido dar con las palabras que definan lo que me pasó, pero sueño o realidad celebro que todo haya acabado, pues es terrible encontrarse, sin ninguna explicación, convertida en una mujer… que duda de su cuerpo, que se alimenta de las miradas de los hombres, que deja germinar en su corazón impuros sentimientos, en pocas palabras, saberse una solterona condenada a buscar en el vacío ciertas cosas y a morirse de cierto tipo de hambre. La mano seguía con las caricias indecorosas sobre mi espalda. Es un sueño, supuse, y quería despertar. Las luces se encendieron: supe que no podía despertar porque estaba despierta. ¡Todo había terminado! ¡Qué alivio! Me dieron ganas de maullar de alegría, me contuve con gran dificultad, consideré que no era adecuado, porque la mano seguía acariciándome la nuca y yo me refocilaba oronda sobre los muslos de la mujer, mientras ella decía con un acento triste, como queriendo llorar: “Pobre de mí: condenada a cuidar gatos”.

Pedro Crespo
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 90

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