Punto final

El hombre se hallaba dentro de la máquina. Ella lo formaba, le proporcionaba el alimento, el calor, el oxígeno, y el espacio estrictamente necesarios para que subsistiera. Así el hombre vivió muchos años, que se convirtieron en siglos. Había descubierto la forma de llegar a la eternidad o, mejor dicho, de permanecer. Ninguno de los órganos que conformaban el soma del hombre tenía un desgaste mayor del que pudiera reponerse enseguida, mediante un proceso inmediato de recuperación proporcionado por mecanismos automáticos. La máquina, por su parte, se autoenergetizaba con circuitos cerrados de fluido eléctrico; de manera que podía utilizar constantemente la misma cantidad de energía transformándola una y otra vez en sus procesos.

Después de haber creado la maquinización y haberla temido tanto a la vez, creyendo que podría destruirle, el hombre había hecho de ella el instrumento de su existencia infinita.

Los procesos eléctricos que ocurrían en el cerebro humano eran ordenados por la máquina y dependientes de ella, pero también mantenían en actividad las centrales de energía del aparato.
Así, el hombre, reducido a su estado de conservación automática, vivió siglos y siglos.

En un momento preciso, una interrupción eléctrica en el mecanismo destruyo la armonía en el que el funcionamiento de éste se basaba. Una ínfima partícula de tiempo sin que el cerebro humano obtuviera irrigación eléctrica bastó para que todo el soma se convirtiera en una masa inerte de sustancias químicas. Esto desarregló, a su vez, el mecanismo electrónico y produjo un descontrol total en el sistema automático.

¿Cuál fue el origen del desarreglo funcional? Nadie había ya para investigarlo, lo cierto es que la máquina, que había logrado conservar la vida humana, ya no pudo reencontrarla.

Dolores Plaza
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 108

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Ensimismamiento

A la hora de cofi-breik bajé a la cafetería de la planta, pedí un café. Estaba cansado de la rutina y del trabajo, tenía que descansar.

Mientras sorbía lentamente mi café me puse a observar una pintura marina, bastante mala, que colgaba de la pared.

Pensé en Acapulco, en el mar, puestas de sol, Puerto Escondido, me iba absorbiendo cada vez más y más.

Salí de este ensimismamiento cuando una ola mojó mis pies.

Abraham Dantus B.
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 106

Accidente

El avión de pasajeros cayó con varios de mis familiares. En las investigaciones federales hechas primero, se declaró al siniestro como un acto de terrorismo realizado con una bomba de tiempo puesta en el compartimento de equipaje. Sin embargo, el hecho de tener una serie de pólizas de seguro a mi favor me convirtió en sospechoso. Ante tan monstruosa acusación me defendí con todas mis fuerzas, pero al no dar con el terrorista fue imposible alejar de mí la sombra de culpabilidad. Después, repasando los hechos tuve que admitir mi ocasional complacencia de que hubieran sucedido de esa manera. Luego la Compañía de Seguros acumuló increíble número de pruebas en mi contra para no pagar la inmensa cantidad que me adeudaban, hasta lograr que me declararan culpable del múltiple asesinato. Mi abogado defensor supuso que el mejor recurso era presentar un certificado médico de absoluta locura. Hoy no estoy seguro de haber sido acompañante de mi familia en el fatídico vuelo, y condenado por algo que deseé alguna vez pero que nunca hice, o por algo que hice pero en realidad me repugnaba.

Manuel Navarrete
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 94

R y F

No obstante odiarse en el fondo, a Realidad y Fantasía les gustaba reunirse algunas tardes en uno de los últimos cafés bohemios que existieron a sostener interminables discusiones con lengua de doble filo:

—cuando no se puede hacer una teoría para explicar al mundo, se pide otra cerveza y sanseacabó.

—es mucho mejor tratar de inventarla.

—¿inventar qué? Si todo está ahí cambiando continuamente.

—¡mentira! Nada existiría si no fuera por la creación de cada instante.

Una tarde la disputa subió de tono. Se arrojaron el café a la cara y jamás volvieron a ser vistos por el lugar. Realidad empleó el tiempo de la tertulia en trabajar horas extraordinarias y a Fantasía tampoco le quedó un minuto para divagar, pues tuvo que dedicarse a cuidar niños, único oficio donde encontró colocación. Cuando por casualidad se encontraban volvían la cabeza hacia otro lado y al morir ambos, varios años después, no alcanzaron a enterarse del nuevo e increíble estado de cosas sobre la tierra.

Manuel Navarrete
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 94