El deseo de ser piel roja

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Si uno pudiera ser un piel roja, siempre alerta, cabalgando sobre un caballo veloz, a través del viento, constantemente sacudido sobre la tierra estremecida, hasta arrojar las espuelas, porque no hacen falta espuelas; hasta arrojar las riendas, porque no hacen falta riendas, y apenas viera ante sí que el campo era una pradera rasa, habrían desaparecido las crines y la cabeza del caballo.

Franz Kafka, en La condena
No. 02, Junio 1964
Tomo I – Año I
Pág. 22

Franz Kafka en “La condena”
No. 77, Junio 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 445

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La mala memoria

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Me contaron hace tiempo una historia muy estúpida, sombría y conmovedora. Un señor se presenta un día en un hotel y pide una habitación. Le dan la número 35. al bajar, minutos después, deja la llave en la administración y dice:

—Excúseme, soy un hombre de muy poca memoria. Si me lo permite, cada vez que regrese le diré mi nombre: el señor Delouit, y entonces usted me repetirá en número de mi habitación.

—Muy bien, señor.

A poco, el hombre vuelve, abre la puerta de la oficina:

—El señor Delouit.

—Es el número 35.

—Gracias.

Un minuto después, un hombre extraordinariamente agitado, con el traje cubierto de barro, ensangrentando y casi sin aspecto humano, entra en la administración del hotel y dice al empleado:

—El señor Delouit.

—¿Cómo? ¿El señor Delouit? A otro con ese cuento. El señor Delouit acaba de subir.

—Perdón, soy yo… Acabo de caer por la ventana. ¿Quiere hacer el favor de decirme el número de mi habitación?

André Bretón, Nadja
No. 02, Junio 1964
Tomo I – Año I
Pág. 21

André Breton
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 533

Nocturno a …

El pueblo se encontraba bastante alarmado; al principio fueron rumores no confirmados, de esos que nacen en la pequeña tienda que se encuentra a su entrada y que crecen a velocidad vertiginosa desafiando a los más efectivos medios de información. Las ancianas que vivían solas deberían atrancar perfectamente sus puertas, ya que con alarmante frecuencia, alguna de ellas recibía la visita nocturna de un hombre maduro, que aprovechaba lo más profundo del sueño para acariciar, primero subrepticiamente, luego violentamente, hasta que al ser descubierto emprendía atropellada huida. Comenzaron las especulaciones descabelladas acerca de la identidad del misterioso sujeto. Mientras tanto, un comité de damas de avanzada edad se reunía secretamente para tratar de establecer contacto con el visitante nocturno, a fin de reglamentar sus incursiones.

Francisco Galindo Olivares
No. 53, Mayo-Junio 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 114