Vampirismo evidente

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Yo sé que el señor de Vassimont, consejero de la cámara de los condes de Bar, enviado a Moravia por su alteza real el rey Leopoldo I, duque de Lorena, para asuntos del príncipe Carlos, su hermano, obispo de Olmuetz y de Osnabrueck, oyó cómo las gentes decían que en aquel país era cosa ordinaria y común que hombres muertos hacía algún tiempo, aparecieran en las reuniones y compartieran la mesa con personas que en vida conocieron. Y que aquel de los presentes al que el aparecido hacía un determinado signo con la cabeza, moría infaliblemente pocos días después. Admirado, quiso asegurarse, y recogió informaciones exactas de muchas personas, entre ellas de un anciano párroco, el cual aseguraba haber visto más de un caso.

Agustín Calmet, Vampirismo en Hungría
No. 02, Junio 1964
Tomo I – Año I
Pág. 88

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Xavier Vargas Pardo

Xavier Vargas Pardo

Xavier Vargas Pardo

¿Quién fue Xavier Vargas Pardo? Un tipo que en 1959 buscó a Gastón García Cantú en el diario Excélsior. Le llevó sus cuentos, y al historiador le parecieron buenos. Luego, el cuentista Edmundo Valadés los consideró magníficos. Finalmente, Henrique González Casanova decidió incluirlos en la Colección Letras Mexicanas del Fondo de Cultura Económica en 1961. (Él era director de dicha colección.) Tales son los datos que ofrece el texto de contraportada de la reciente segunda edición de Céfero. Raúl Guerrero, el editor responsable, me ha comentado que no hay rastro alguno de Vargas Pardo en las enciclopedias y diccionarios literarios. En el FCE el título está descatalogado hace mucho tiempo. Todo parece indicar –me dice Guerrero– que los especialistas no han reparado en la existencia de este escritor michoacano. O tal vez, digo yo, sí leyeron los cuentos de Céfero y los desestimaron por juzgarlos pastiches rulfianos. Quizás eso es lo que ha ocurrido. Hay que recordar que tras la aparición en 1953 de El llano en llamas se produjo una andanada de imitaciones de los relatos de Juan Rulfo. Baste citar al respecto Cuentos del desierto, de Emma Dolujanoff, y Cañón de Juchipila, de Tomás Mojarro. “Dios mediante”, último relato de Céfero, guarda similitudes (¿o serán influencias?) asombrosas con “Diles que no me maten”, de Rulfo. Sin embargo, los cuentos de Vargas Pardo no son calcas de los cuentos de El llano en llamas. (Incluso, creo que tres o cuatro del michoacano no le piden nada a los del jalisciense, y acaso los superan.) Es una simple opinión, y sé que tendría que sustentarla mediante una lectura comparada, empeño que rebasa el margen de este trabajo. Mas intuyo que el propio Rulfo habría desdeñado los relatos de Céfero si hubiera advertido en ellos la astucia de un buen falsificador. Cuando el autor de “Luvina” leyó los cuentos de Vargas Pardo, dijo escuetamente: “Éste se las sabe todas”.

Xavier Vargas Pardo, nacido en Tingüindín en 1923 y muerto en Guadalajara en 1985, publicó en 1961 Céfero, un volumen integrado por once cuentos cuyas virtudes narrativas despliegan su máxima eficacia en el registro memorioso de la violencia y la muerte como instrumentos inexorables del destino.

El título le viene al libro del nombre del portador de la voz narrativa, Ceferino Uritzi, Céfero para los amigos, protagonista en algunos cuentos, agonista en otros, observador sagaz de lo inesperado y de lo insólito que laten en el corazón del detalle, cronista consumado y, sobre todo, testigo apasionado y ecuánime (una rara mezcla caracterológica lograda con pulso envidiable, y extendida con ingenio y perspicacia a lo largo del discurso narrativo)[1].

Carta de amor

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“Estimada Consolación:
Desde que la vi en el aguaje el martes de carnestolendas, con su cabecita llena de oropeles y papelitos colorados, desde luego me pareció tan linda cual la imagen de mi tierra Tingambato. Desde luego la quise tanto, como que no hay otra tan buena p’al asunto y agarbada como agora su mercé. Aunque me encuentro algo jerrao de tlacos, no embargante, la señora mi madre tiene unos marranos ñengos, y manque sea eso le metemos al cura por derecho. Nomás me dice en qué topa, si la pido o me la jurto, porque usté es pa’ mi la vida y no encuentro mi gorupera.
Ceferino Uritzi, que sus manos besa.”

Xavier Vargas Pardo, en Cefero
No. 02, Junio 1964
Tomo I – Año I
Pág. 84

La última verdad

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“Quise escribirte reiteradamente una carta muy larga, pero mis ideas se desplomaban siempre como las casas batidas por el fuego de artillería. Dispongo todavía de diez horas, de manera que tengo tiempo para entregar esta carta. Diez horas son un tiempo muy largo cuando se espera; pero son breves cuando se ama. No estoy nervioso; en absoluto. De hecho, desde que estoy en el este mi salud ha mejorado mucho, ya no me resfrío ni acatarro; este es el único bien que me ha hecho la guerra. Pero ésta me ha regalado algo más: el saber que te quiero. Es curioso el hecho de que el hombre no repare en ciertas cosas hasta que está a punto de perderlas. A través del espacio, se separa y aleja, se tiende un puente que va de corazón a corazón. Por este puente te escribo acerca de la vida cotidiana y acerca del mundo que vivimos aquí. Si yo regresara a casa te contaría la verdad y después no volveríamos a hablar nunca de la guerra. Ahora sabrás ya antes la verdad, la última verdad. Pues ahora ya no podré escribirte más.

“Mientras haya riberas siempre existirán puentes; sólo que deberíamos tener valor para pasar estos puentes. Uno de éstos conduce a ti y el otro a la eternidad, lo que para mí, en última instancia, es exactamente lo mismo.

“Mañana cruzo el último puente, tal es la expresión literaria que se emplea para la muerte; ya sabes que siempre me gustó escribir con la preocupación estética de la palabra y el sonido. Tiéndeme la mano y mi camino no será tan difícil.”

Carta de un soldado alemán enviada desde el frente de Stalingrado en 1943 y que no llegó a su destinataria
No. 02, Junio 1964
Tomo I – Año I
Pág. 85