El horizonte retirado

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Cuando se me habló del horizonte retirado, de magos que sabían quitar el horizonte y nada más que el horizonte, dejando el resto visible, creí que se trataba de una forma de expresión verbal, de broma del lenguaje.

Un día, en mi presencia, un mago retiró el horizonte de mi alrededor. Que ello hubiese ocurrido por magnetismo, sugestión u otra causa, la repentina substracción del horizonte (yo estaba junto al mar donde un rato antes había podido apreciar la inmensa extensión y la arena de sus playas) me causó una angustia tan grande que no me hubiese atrevido a dar un paso.

No tuve más remedio que declararme totalmente convencido. Una sensación intolerable, que ahora mismo no me atrevo a evocar, había hecho presa de mí.

Henri Michaux
No. 59, Junio-Julio 1973
Tomo X – Año IX
Pág. 748

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Desde su llegada

Vinieron y, en nombre de la libertad, soltaron a las fieras salvajes que devoraron a nuestros hijos. En nombre de la belleza rompieron e incendiaron nuestros utensilios. En nombre de la paz nos cortaron las manos y nos extrajeron los dientes. En nombre de la fraternidad dinamitaron el muro que nos separaba de nuestros enemigos y nos dejaron a su merced. En nombre de la pureza nos cegaron y de la castidad nos castraron. En nombre de la justicia hicieron enloquecer de angustia a nuestros jóvenes, a nuestros ladrones, a nuestras mujeres. En nombre de la sabiduría nos inquietaron atropellándonos a preguntas. En nombre de la bondad nos ayudaron tanto que ahora somos inútiles. Diciendo luchar contra el hambre nos envenenaron. Diciendo procurarnos riqueza nos convirtieron en centro de la codicia ajena. Diciendo desarrollar nuestro cuerpo enanizaron nuestra mente. Queriendo medicinarnos nos contagiaron de miedo a la muerte. Queriendo educarnos nos confundieron. Queriendo darnos progreso, electricidad, agua limpia, aire puro, nos convirtieron en seres dependientes que se aterrorizan en la obscuridad, se infectan con el agua, y se ahogar al respirar con hondura. Nos construyeron casas y nos sacaron de nuestras cuevas y, desde entonces, ya no morimos de vejez sino de luz, de aire viciado, de frío, de calor, de obscuridad, de podredumbre o de una súbita, irresistible, irrefrenable debilidad que nos consume.

Dolores Plaza
No. 59, Junio-Julio 1973
Tomo X – Año IX
Pág. 746

Noche de bodas

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Si al entrar en vuestra casa el día de vuestra boda ponéis a vuestra mujer en remojo en un pozo y la dejáis en él durante toda la noche, la encontrareis atolondrada. Nada le valdrá el haber tenido siempre una vaga inquietud…

“¡Vaya, vaya!”

“¡Vaya, vaya”! dirá luego, ¿es eso el casamiento? ¿Esta es la razón por la cual se mantenía tan secreta su práctica? ¡Cómo he caído en la trampa!”

Pero, sintiéndose vejada, no dirá nada. Razón para que podáis sumergirla largamente y muchas veces, sin provocar ningún escándalo en la vecindad.

Si ella no comprendiera la primera vez, poca probabilidad tendrá de comprender ulteriormente, lo cual os proporcionará la suerte de poder continuar esa práctica sin incidentes (excepto la bronquitis), siempre que eso os interese.

En cuanto a mí, que experimento siempre más malestar en el cuerpo de los otros que en el mío propio, he debido renunciar a ella rápidamente.

Henri Michaux
No. 59, Junio-Julio 1973
Tomo X – Año IX
Pág. 742

Un hombre apacible

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Extendiendo las manos fuera del lecho, Pluma se extrañó de no encontrar la pared. “Bueno, pensó, las hormigas se las habrán comido”… y se volvió a dormir.

Poco tiempo más tarde su mujer lo tomó entre sus manos y lo sacudió: “Mira haragán, le dijo, mientras tú dormías, nos han robado la casa”. En efecto, un cielo intacto extendíase por todos los costados. “Bah, respondió aquel, es cosa hecha”.

Poco después se oyó un ruido. Era un tren que se les venía encima a toda velocidad. “Por lo apurado que viene, pensó, llegará seguramente antes que nosotros”, y se volvió a dormir.

De pronto el frío lo despertó. Estaba todo bañado en sangre. Algunos trozos yacían junto a él. “Con la sangre, pensó, siempre surgen infinidad de contrariedades; si ese tren no hubiera pasado, quizá fuese dichoso. Pero ya que ha pasado…” y se volvió a dormir.

—Veamos —decía el juez—, cómo explica usted que su mujer se haya herido al punto de haberla encontrado seccionada en ocho trozos, sin que usted, que estaba a su lado, haya podido hacer un gesto para impedirlo, y sin haberse dado cuenta de ello. He ahí el misterio. Todo el asunto reside en esto.

“Sobre esa pista, no puedo ayudarlo”, pensó Pluma y se volvió a dormir.

—La ejecución tendrá lugar mañana. Acusado, ¿tiene usted algo que agregar?

—Excúseme usted —dijo—, no he seguido el desarrollo del proceso. Y se volvió a dormir.

Henri Michaux
No. 59, Junio-Julio 1973
Tomo X – Año IX
Pág. 741